Ya durante la publicación del DCEC comenzó su autor un cuidadoso proceso de revisión de esa magna obra etimológica. De esta revisión, que se inicia con las adiciones al tomo IV y se continúa en todos sus trabajos posteriores, ha permanecido inédita una considerable cantidad de materiales. Quien haya seguido de cerca las investigaciones del profesor Corominas comprenderá las dificultades que ha tenido para hurtar el tiempo a otros estudios, tan urgentes, tan necesarios y tan innovadores, emprendidos por él en estos últimos veinticinco años1, y poderse dedicar a rehacer totalmente su Diccionario Crítico Etimológico de la Lengua Castellana.
Aquel diccionario es la guía más segura de que dispone el romanista para resolver los problemas etimológicos del castellano, y aun de las demás lenguas y dialectos hispánicos2. La presente obra ha ampliado aún más la atención a lo peninsular, tanto en el caso de los dialectos hispánicos como en el de las grandes lenguas ―románicas o no― gallegoportuguesa, vasca y catalana. Y aunque el prof. Corominas no ha tenido la pretensión de abordar exhaustivamente todos los enigmas etimológicos de las lenguas de la Península Ibérica, no ha renunciado a dar alguna luz sobre sus problemas más espinosos y difíciles. Si algo ha dejado conscientemente de lado, ha sido sólo en aquellas zonas del léxico más transparente y menos difícil de explicar. Por estos motivos ha querido su autor designar el nuevo diccionario con el título de Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico (DECH), para mostrar que si bien en esta obra se sigue dedicando una especial atención a la etimología castellana, ésta se complementa con una perspectiva hispánica que resulta sumamente útil no sólo para el conocimiento de los idiomas peninsulares, sino también para poder entender mejor el desarrollo del propio léxico castellano.
Las bases del Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico que ahora ve la luz son ―no podía ser de otra forma― las establecidas en el DCEC: su solidez metodológica, la doctrina etimológica que se exhibe en él y la abrumadora cantidad de artículos en que es imposible ir más allá de donde ahí se había llegado, no permiten pensar, a los veinticinco años de su publicación, en una obra que en lo fundamental deba partir de planteamientos diferentes a los mantenidos en aquel diccionario. No obstante, es mucho también lo que el nuevo diccionario se separa de su antecedente. Esto acontece, por un lado, con el léxico de etimología dudosa o incierta, pero también con palabras que parecían haber encontrado ya una explicación satisfactoria y sobre las que, con los nuevos datos de que disponemos, resulta obligado cambiar de modo de parecer. Aunque la novedad más importante que se va a encontrar en esta obra tiene que ver con la posibilidad de precisar en un grupo muy nutrido de vocablos su lengua concreta de origen. Es lo que ocurre, por poner un ejemplo, con el fondo léxico que en el DCEC había que dejar relegado al impreciso ámbito de lo «prerromano indoeuropeo», etiqueta que hoy sabemos encubre una realidad lingüística mucho más compleja de lo que entonces se podía sospechar.
El interés que puede tener el nuevo diccionario para un romanista no procede sólo del hecho de que se encuentren resueltos aquí problemas a los que no se les había dado una solución en el DCEC, sino incluso de aquellos casos en los que ahora hay que concluir más decididamente que antes con un ignoramus. Por ello esta obra puede producir en alguno de sus lectores la impresión de que ahora titubea a veces nuestro sentido de seguridad. Tal impresión es cierta en la medida en que el campo de estudio del léxico romance se ha ampliado notablemente en el DECH, y del lado de su zona más problemática; pero además la atención que el Dr. Corominas ha dedicado a aspectos relacionados con lenguas tan poco frecuentadas generalmente por los hispanistas como las diferentes indoeuropeas, semíticas, etc., le ha permitido recorrer caminos cuyo suelo es mucho más movedizo ―¡pero tan iluminador a la vez!― que el que pisamos quienes solemos reducir nuestro trabajo a la parcela más cómoda de la etimología romance: la transmisión del material latino. Si el autor de este diccionario ha recomendado en varias ocasiones a los lingüistas jóvenes que no se enfrenten, sino con mucha prudencia, con las partes más problemáticas del léxico románico, era razonable que él, en plena madurez intelectual y amparado en una excepcional formación lingüística, tratara de dar alguna orientación sobre las palabras de etimología más inaccesible. Es cierto que en tales casos alternan los claros con las sombras, pero estas últimas no se deben a que no se haya planteado con todo rigor la comparación lingüística, sino sólo a la cantidad de problemas y dificultades, algunas casi insalvables, que se le presentan al lingüista en este terreno. La capacidad explicativa que tienen las ideas del prof. Corominas a propósito de los restos sorotápticos en los idiomas peninsulares o del intercambio directo o indirecto entre lenguas del Oriente y de la Romania (aportación irania al léxico musulmán que trasciende a España, corriente en sentido opuesto, influjo de los partos y escitas en el latín vulgar), es verdaderamente grande. Si en la mayoría de las ocasiones estas ideas han de terminar imponiéndose como evidentes, en otras su misma provisionalidad ha de resultar positiva en un tipo de trabajo que tiene como premisa fundamental que sólo «lo que es provisional, lo que puede ser infirmado, tiene derecho a llamarse científico»3.
No es la menor ventaja del presente diccionario la que se deriva del esfuerzo que han realizado sus autores por aportar los datos contenidos en nuevos textos, glosarios, monografías dialectales, artículos, etc. Se adelantan así muchas de las dataciones del DCEC y se complementa la documentación a que se había dado entrada en ese diccionario; aunque no se haya realizado un trabajo exhaustivo en este sentido. Como en el caso del DCEC se ha partido de la idea de que lo bueno era preferible a lo óptimo, cuando para lograr esto último hubiera existido además la posibilidad de que la aparición de esta obra se retrasase indefinidamente, o incluso llegara a quedar inédita. Lo prudente ―y lo más importante también― era que pudieran ver la luz todos los datos, hipótesis y explicaciones que el sabio autor de la obra había ido allegando durante estos veinticinco últimos años.
Tal y como se ha concebido la obra, ésta se presenta ensamblando los materiales nuevos con los antiguos. Se comprobará que son muy pocos los artículos en los que no se hacen correcciones, precisiones, añadidos o cambios sustanciales, y bastantes, sin embargo, los artículos que no aparecían en el diccionario anterior o que, existiendo ya en él, han experimentado un planteamiento etimológico totalmente nuevo. El DECH mantiene, en la medida de lo posible, la estructura del DCEC, conservando de éste todo lo que sigue siendo de alguna utilidad: por este motivo no se ha considerado necesario cambiar, más que en unos pequeños detalles imprescindibles, el prólogo, la bibliografía y el sistema de referencias intercalado en el orden alfabético general. Sólo al final de la obra se han completado los índices, en todo lo posible, para poder encontrar a través de ellos los hechos más importantes estudiados en este diccionario, en los dominios fonético, morfológico y léxico.
Si en el DCEC podía señalar su autor, sin ningún género de jactancia, que era obra enteramente suya, lo mismo hay que decir del presente diccionario, pues el prof. Corominas lo ha escrito y supervisado hasta sus mínimos detalles, y colaborado á fondo en la corrección de todo y en la redacción de algunas adiciones especiales. Resulta obligado, por ello, aludir brevemente a mi participación en el DECH, ya que su autor ha querido distinguirme convirtiéndome en colaborador suyo. Mi labor ha consistido fundamentalmente en dar cuerpo a los materiales escritos por D. Joan Corominas, para hacer posible que luego él, después de revisar escrupulosamente mi trabajo, tomara las decisiones que sólo a él, como autor de la obra, le correspondían, y con las que, por otra parte, siempre he estado de acuerdo. Creo interpretar fielmente el pensamiento del autor de la obra al repetir, para terminar esta presentación, las mismas palabras con que él expresaba en el prólogo al DCEC su reconocimiento hondísimo, al poder coronar aquel gran esfuerzo: laus Deo.
JOSÉ A. PASCUAL
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No le permite la conciencia, ni a un hombre de edad provecta, despedirse de una vieja creación, sin subrayar en ella lo que espera perdure y viva con vida propia. Se ha trabajado aquí largamente en todo lo aludido por el prof. Pascual. Pero si «nunca segundas partes fueron buenas», no sería justo desalentar la perspectiva de que ésta sea, si no buena, mejor. El añadir una palabra al título se hace porque se hizo objetivamente preciso. Las nuevas aportaciones al estudio del léxico gallego, y del gallegoportugués en general, lo convierten en un diccionario, crítico y completo en el aspecto etimológico, de la lengua del Oeste; sus contribuciones nuevas al análisis de lo mozárabe y de lo romance vasconizado no son de inferior entidad ni de amplitud menor.
Por otra parte el prof. Pascual disimula demasiado un aspecto del nuevo nacimiento. Debemos reconocer honestamente que no siempre hemos estado de acuerdo, ni la redacción definitiva se ha hecho por una especie de alternativo dictado. Creo que siempre hemos terminado convenciéndonos uno a otro, y yo al menos puedo atestiguar que todo lo añadido o cambiado ha pasado por el filtro de mi cerebro, viniera de él o de otros o de mí mismo.
JOAN COROMINAS
11 de noviembre de 1979.
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Para que el lector pueda ver claramente la línea de pensamiento que nos ha guiado en la reelaboración de este libro, reproducimos en lo esencial el prefacio de la edición del Diccionario Crítico Etimológico de la Lengua Castellana publicado en el año 1955.
PREFACIO
Todo el mundo está de acuerdo en que la publicación de un diccionario etimológico castellano era necesaria y urgente, y aun puede asegurarse que todos los entendidos deseaban fuese una obra extensa y documentada abundantemente. En la forma de ejecutar este plan y en sus pormenores es más probable que hubiese discrepancias. Justificar aquí el carácter y el contenido de mi obra será tanto más oportuno cuanto que ello me permitirá al mismo tiempo explicar al lector la disposición y la naturaleza del libro, y dar al que lo consulte las indicaciones precisas para facilitar su manejo. No agotaré la materia, pues hay un fondo de características común a todas las obras modernas de este carácter, que no hará falta describir. Una ojeada al prólogo de diccionarios etimológicos como los de Meyer-Lübke, Wartburg, Bloch o Ernout-Meillet puede suplir, si hace falta, alguna explicación, que no creo necesario dar, de procedimientos generalmente aceptados.
Carácter de la obra.―No es posible fundamentar una etimología con el rigor indispensable hoy en día, después de cien años de lingüística científica, sin conocer a fondo la historia de la palabra, y ésta no se puede reconstruir sin un conocimiento global de la vida del vocablo a través de los siglos y a través de todo el espacio abarcado por la lengua castellana y aun por los idiomas hermanos y afines. No habiendo en la actualidad un diccionario histórico, era preciso ante todo averiguar la historia de las palabras, y darla en este libro era tanto más útil cuanto que hemos de tardar decenas de años, por lo menos, en disponer de un diccionario histórico completo y satisfactorio. Éste, por consiguiente, tiene tanto el carácter de un diccionario histórico como etimológico, aunque su finalidad principal es esta última, y por lo tanto la cantidad de doctrina y documentación histórica que se da en cada caso varía según la naturaleza de cada vocablo: abundante en los artículos dedicados a palabras importantes y a aquellas que presentan problemas etimológicos arduos o complicados, lo es mucho menos cuando se trata de voces de vitalidad escasa o de etimología evidente.
Está claro que no hacía falta estudiar mucho la historia de palabras dotadas de limitada vitalidad en el idioma, cultismos del género de cálamo, calendas, botánico o cacto, extranjerismos poco arraigados como caid o caique, creaciones expresivas de fecha reciente como bimba; pero aun voces de historia milenaria en el idioma como barbo o salmón, cardo o avena o consuelda, tordo o ánade o codorniz, dan poco que hacer al historiador del vocabulario, y no le detienen mucho más ni siquiera palabras tan fundamentales como arena o beso o carbón, mudar o beber, tarde o bien, cuyo étimo latino está a la vista y cuya historia fonética y semántica no es nada compleja. La sección histórica de tales artículos es, pues, somera, aunque no dejo de dar nunca la fecha de la documentación más antigua. Mas ya en casos como venir o traer, monte o parte, bajo o seguro, pues o cual o pero, cosecha o cuchara, cuya etimología no ofrece dudas para nadie, me ha parecido oportuno dar una ojeada a sus diversas variantes y acepciones antiguas y modernas, y documentarlas brevemente, aunque con ello invada a veces el terreno de la sintaxis o el de la fonética histórica (como cuando me detengo a estudiar el porqué de la forma actual de áspero, boj, doble, cumplir, flor o trece), no sólo porque es posible que no vuelva a tener ocasión de tratar de estas cuestiones en mi vida, ni de poner en manos de los eruditos los materiales y reflexiones reunidos sobre las mismas, sino porque lo que pudiera parecer una evolución romance más o menos anómala de la forma (como en nuez) o del significado (como en cadera), en realidad tiene a veces su explicación en la etimología del vocablo; y también porque, etimológicas o no, todas estas cuestiones forman parte de la historia del vocabulario castellano, y en la lingüística moderna esta disciplina se ha superpuesto definitivamente al concepto ya anticuado de la indagación meramente etimológica.
La falta o escasez de estudios previos sobre una gran parte del léxico español es un obstáculo formidable con que he debido luchar: son muchísimas las palabras que nunca hasta ahora habían sido objeto de estudio serio. Uno de los mayores provechos que podemos esperar de la publicación de este libro será precisamente el llamar hacia estas lagunas la atención de los investigadores, harto inclinados, por desgracia, en nuestra especialidad, a insistir en problemas ya muy debatidos, mientras enteras y amplias secciones del léxico permanecen en el estado de terreno virgen: qué poco se han estudiado los nombres de plantas, de peces y aves, los términos de minería, de equitación, de medicina popular y análogos, el léxico de los oficios y en general todos los vocabularios técnicos, mientras tantos eruditos se empeñan en decir la suya acerca de problemas como los de quejar, cosecha o rebelde, ya bien aclarados hace tiempo, o sobre otros que, aun presentando oscuridades mucho más serias, han sido ya acometidos desde todos los puntos de vista, y valdrá más dejarlos en barbecho hasta otra generación, en espera de que un día lleguen a ser solubles del todo. En los innúmeros vocablos en que faltan estudios previos, habría podido escudarme con esta falta para justificar mi silencio, pero he procurado suplirla allegando toda la documentación posible, y no dudo que se apreciarán los resultados obtenidos en artículos como cantueso o urchilla. Si otras veces he sido menos afortunado, se trata casi siempre de palabras de muy escasa vitalidad, como barcia, concia, chortal, enciso o lleta, y aun de vida dudosa.
Dudosa o inexistente del todo. Porque en ninguna otra lengua occidental son tantas las palabras fantasmas registradas por los léxicos, seguramente en ninguna son tantas las voces y acepciones totalmente inexistentes, debidas a un error de lectura o de interpretación, cuando no al desenfado con que un antiguo etimologista ―Covarrubias ante todo― supuso y dió por real un significado o variante imaginarios con que pretendía sustentar una etimología u otra teoría suya, sorprendiendo así la credulidad de todos. El número de estos fantasmas denunciado aquí pasa de un centenar, y tendría que hablar de millares si en ellos incluyera las palabras localizadas erróneamente, dadas por castellanas cuando son únicamente catalanas, vascas o gallegas, calificadas como de uso general cuando en realidad sólo corren en una provincia o pertenecen tan sólo al léxico de la Edad Media o del Siglo de Oro. En general, y así lo subrayo con el título del libro, he recalcado el aspecto crítico de mi labor. Ni en su parte estrictamente española ni en la extranjera, hay datos tomados por su valor aparente ni se aceptan afirmaciones, por autorizadas que sean, sin confirmación de los hechos y de fuentes de primera mano. Se acaba de una vez con el abuso de explotar sin crítica repertorios de turbio contenido, como el diccionario de Meyer-Lübke, o los de Covarrubias y de la Academia. Extremo el cuidado con las ediciones defectuosas, echando mano de mejores si las hubiere y estuvieren a mi alcance; utilizando recursos emendatorios, como los métricos o los derivados de un modelo, de un texto paralelo o de la comparación con otros pasajes; y señalando, a falta de otro criterio, el carácter anacrónico de la aparición de un vocablo u otro fenómeno lingüístico. Los casos en que se enmienda el texto de ciertos autores antiguos, en que se ilustra de otra manera su sentido o en que se rectifica la doctrina de una importante obra de consulta, son tan numerosos, que han parecido útil recopilar y publicar al fin del libro un índice especial, ordenado por autores y pasajes, de las obras así rectificadas o aclaradas.
Como la de toda lengua romance, la historia del vocabulario castellano está llena de vacíos que nunca podremos rellenar. La comparación de los varios dialectos antiguos y modernos, y la del castellano con los demás romances y otras lenguas afines, nos permite reconstruir en gran parte estos hechos borrados por la acción del tiempo4. De aquí el aspecto ampliamente comparativo del libro. Por lo pronto, era preciso localizar sistemáticamente las palabras, siempre que no sean de uso bien general, y a falta del Atlas Lingüístico (o los Atlas) que esperamos, no he vacilado en dar los informes sueltos que poseo, aun cuando yo mismo los crea sólo parciales, y aun cuando no parezcan útiles para el estudio etimológico; saber que una palabra se emplea en Almería, en Aragón o en la Argentina, p. ej., aunque su área sea en realidad mucho más extensa, nunca podrá desorientarnos (si tenemos conciencia del carácter incompleto de los datos) y no faltarán ocasiones, hoy o en el futuro, en que el dato pueda aclarar un pormenor. Desde luego recojo los informes que al respecto proporcionan los glosarios y vocabularios dialectales de España y América, y hago acopio de sus variantes de forma y significado. Además cito las palabras emparentadas de los demás idiomas, y en los casos importantes las fecho, las documento y las analizo; así constantemente en el mundo romance y con frecuencia en los idiomas germánicos, orientales, americanos y prerromanos. Agrego gran cantidad de material inédito relativo a los idiomas más afines o próximos, como el catalán, el portugués, el occitano y aun el árabe. Inútil decir que las lenguas de origen han sido profundamente investigadas, sobre todo el latín vulgar: una rica documentación extraída de San Isidoro de Sevilla, de los Médicos y Botánicos, del teatro romano, de los viejos glosarios latinos, se emplea ahora por primera vez, sin descuidar la averiguación de la fecha y oriundez de cada glosario, hasta donde es posible. Las filologías árabe, céltica, ibero-vasca, germánica y precolombina son objeto de un escrutinio de primera mano en relación con las palabras españolas.
Nomenclatura.―La de este diccionario abarca casi todas las palabras del diccionario de la Academia, sin exceptuar las anticuadas, americanas y dialectales, y excluyendo sólo un pequeño número de regionalismos y americanismos que se emplean en una sola república o región, que no son de origen romance y que tienen un interés meramente local (algunos nombres de plantas y animales escasamente conocidos, etc.). Se han omitido también los nombres propios que figuran en la Acad. (p. ej. Babel) y los adjetivos étnicos (babilónico, babélico), pero no cuando llegan a tomar valor apelativo, con arraigo popular, p. ej. hay sendos artículos dedicados a Babia, bable, moro, suizo, turco. Prescindo también de ciertos elementos puramente enciclopédicos (como baalita, babismo). Y de los adverbios en ‑mente (a no ser que en el sentido o en la fecha se aparten del correspondiente adjetivo) y los diminutivos sin especial interés léxico (babosilla, babosuelo, p. ej.), así como de algunos derivados provistos de ciertos prefijos (anti‑ y análogos) que indico especialmente en el lugar alfabético correspondiente, aunque sólo cuando en su sentido no se apartan del primitivo; finalmente he omitido, sobre todo en las primeras letras, algunos de los derivados en ‑dor y en ‑ble, que nada ofrecían de notable. En número mucho mayor que estas omisiones son los agregados que hago de voces ausentes del diccionario académico, palabras medievales en gran cantidad, voces jergales y malsonantes (cojan, cono, puñeta, joder, etc., son venerables por su antigüedad a lo menos), así como extranjerismos usuales y neologismos todavía no admitidos en el lenguaje académico (boscoso, despistar 'disimular' y 'distraer', estraperlo...), sobre todo una masa considerable de dialectalismos, entre los cuales me he mostrado particularmente generoso con las voces de Asturias, Andalucía, Cuba y la Argentina, en unos casos atendiendo al carácter arcaico del dialecto, en otros a su importancia y descuido de que ha sido víctima, en otros finalmente aprovechando las facilidades que me ha dado mi residencia.
Estructura de los artículos.―Empieza cada uno por un resumen en pocas palabras de lo que se sabe de la etimología con toda seguridad. No sólo quiero con ello ser útil al público sin preparación especial, sino también al hispanista a quien un problema etimológico concreto interesa, pero sólo secundariamente, y al lingüista especializado en otros idiomas que necesita enterarse rápidamente de una cuestión hispánica; aun para el más estrictamente especializado será útil este sumario, para centrar y clarificar las ideas, y para mostrar sin equívoco posible cuáles son los hechos que estimo definitivamente sentados, en medio del cúmulo de hipótesis inciertas y de teorías contradictorias que a menudo me veo obligado a exponer. Una vez establecido claramente lo que hay de cierto, no hay inconveniente en hacer un lugar, en el cuerpo del artículo, a las especulaciones más audaces, y ni siquiera puede dañar entonces el hecho de que sea yo mismo el que lance ideas inseguras o aventuradas, a condición de mostrar claramente que tienen este carácter. Testimonio elocuente de lo lejos que estamos de nuestra meta científica es el gran número de veces que habré de decir, en estos resúmenes, que el origen es «desconocido» o «incierto»: con este adjetivo entiendo que de las teorías propuestas hay alguna o algunas posibles y defendibles aunque inseguras, con el otro afirmo sin paliativos que no sabemos nada y que si se ha emitido alguna idea es de las que deben rechazarse del todo. En el caso de incertidumbre hay muchas veces una explicación que, en mi opinión, es más verosímil, y entonces termino el resumen diciendo que «probablemente» o «quizá» venga de esto o de aquello: ahí salgo ya de lo que todo el mundo admite sin discusión posible; pero, hecho el necesario distingo, es legítimo dar así una indicación a aquellos a quienes mi opinión merezca especial confianza.
Sigue luego la fecha de primera aparición del vocablo en textos escritos, precedida de la abreviatura 1.a doc. De las fuentes de la misma hablaré al tratar de mi documentación. Sabido es que tales indicaciones tienen siempre un carácter provisional y no constituyen más que un terminus ad quem, antes del cual (a veces muy poco antes) se empleó ya el vocablo, por lo menos en el lenguaje oral. Cuando se trata de palabras latinas y hereditarias, es seguro que la fecha del vocablo es anterior a la de la documentación en muchos siglos. Donde esto ocurre habría sido legítimo limitarme a dar como fecha la de «orígenes del idioma»; sobre todo en palabras como si, él, hombre o comer, salta a la vista que es así, y en todo el léxico hereditario deberá el lector entenderlo de esta manera; pero aun en estos casos extremos me ha parecido que algún día podía ser útil (para autores de futuros diccionarios históricos, para ciertas indagaciones literarias, etc.), dar la primera fecha accesible. Claro está que en palabras de este tipo me preocupé poco de la documentación antigua en mis búsquedas previas. Es seguro que una palabra como liendre se empleaba desde mucho antes del final del siglo XV, y liebre mucho antes de mediados del XIV, en que las encuentro documentadas. Algunas veces lo advierto así, aunque no siempre, y será bueno aclararlo aquí de una vez para todas. Lo incompleto de esta documentación no significa nada para la historia del vocablo, pero será útil para los que me sigan ―lexicógrafos académicos o rastreadores particulares― que les señale lo incompleto de la documentación disponible, mostrando así dónde hacen más falta las futuras pesquisas. Por otra parte, si una voz como listo no la encuentro hasta principios del siglo XVII, ya no es tan seguro que ello carezca de significación. Y ¿dónde trazar la línea demarcadora entre los dos tipos? Valía más, por lo tanto, dar siempre el más antiguo dato accesible.
Pero siendo así, era de suma importancia distinguir bien entre el vocabulario hereditario y el culto o semiculto; para lograrlo me he esforzado en todos los casos, y hago constar la distinción en todos. Para indicarlo con ahorro de palabras y en forma inequívoca, doy siempre en VERSALITAS los étimos de las palabras hereditarias y en cursiva los de los cultismos, semicultismos y extranjerismos; a mayor abundamiento indico el étimo de los cultismos con las palabras «tomado de...», y el del léxico heredado del latín con «de...» solamente.
Después de la primera documentación viene, en párrafo aparte, el cuerpo del artículo, donde figuran: a) la bibliografía acerca de la palabra; b) todos los datos lexicográficos, antiguos y modernos, literarios y dialectales; y c) los razonamientos y discusiones etimológicas.
En calidad de apéndice, los artículos pueden llevar cierto número de palabras, tratadas en principio más sumariamente, y relacionadas por modos diversos con el epígrafe. Hay sobre todo los derivados y compuestos, estudiados al final, en párrafos aparte, y tras las abreviaturas respectivas DERIV. y CPT. En general, los derivados y compuestos reciben un tratamiento más breve que la cabeza de artículo. Cuando no presentan dificultad alguna, es corriente que sólo dé la fecha de su primera aparición. Este dato se da siempre, tácitamente, entre corchetes [], que constituyen su marca distintiva. Los derivados y compuestos de muy poco interés figuran sin dato alguno. Pero no es menos frecuente que, además de la primera documentación, proporcione otros datos lexicográficos pertinentes. Cuando el vocablo ofrecía interés especial o dificultades particulares, no he vacilado en estudiarlo largamente, incluyendo una historia del mismo, más o menos breve, ejemplos de su empleo, una explicación de su forma, significado y afijos, y aun indicaciones bibliográficas si hay lugar a darlas; de suerte que se da el caso de que el estudio de tales vocablos sea aún más detenido que el del primitivo.
El concepto de derivados y compuestos lo he tomado en el sentido más amplio. Incluyo en él, desde luego, los llamados seudo-derivados y seudo-compuestos, o sea los formados con el étimo de la voz castellana y no con esta misma, y aun los formados con el primitivo de aquél, si el étimo de la voz epígrafe es ya un derivado o compuesto: p. ej. secundario va en el artículo segundo, seguro en el artículo cura, y primogénito se estudia en el artículo primero. De ahí que todas las voces en ‑jeto, ‑yecto, ‑yección, ‑yectar, ‑jetivo, etc., vayan incluídas en el artículo abyecto. En casos como éste tomo en consideración, por lo común, el sentimiento lingüístico romance, que aleja resueltamente estos vocablos de su jefe de familia latino jacĕre, y, por lo tanto, los separo de echar y de yacer que, en última instancia, se relacionan con ellos en latín; análogamente separo los verbos en ‑cibir o ‑cebir del cast. caber, pero los agrupo entre sí, encabezados por concebir. En algún caso he procedido de otro modo, con fines ilustrativos o por razón de comodidad. Cuando la palabra que es primitiva en latín, o sus derivados directos, son en castellano menos importantes o vivaces que sus derivados indirectos, he escogido uno de éstos como epígrafe y he incluído a aquéllos entre los derivados: p. ej. dúctil y ductor se incluyen, junto con conducir, reducir, seducir, etc., en el artículo aducir; y nexo va, junto con conexión, en el artículo anejo. En todos estos casos, mis explicaciones son bastante expresas para evitar cualquier ambigüedad relativa a la índole o la fecha de la derivación. De acuerdo con el sentido lingüístico romance, considero tales verbos, y sus derivados, como derivados y no como compuestos del lat. ducere, o nectere, por más que en la lengua madre indoeuropea y aun en latín debieran mirarse más bien como compuestos.
Como es natural, este tipo de familias léxicas se da sobre todo en los latinismos. Y el procedimiento seguido no carece de ventajas científicas, además de las prácticas; pues aunque para el sentimiento lingüístico romance, palabras como proyectar y objeción pertenecen a familias bastante alejadas entre sí, cuando no del todo independientes, no es menos cierto que una vez admitido sujeto se abrió la puerta a la entrada de objeto, y de sujetar y sujeción, y que tras éstos pudieron entonces venir trayecto, proyectar, inyectar, abyección y otros. De una manera más o menos laxa y oscura, la solidaridad dentro de estos grupos persistía aun en romance, y su tratamiento conjunto ofrece ventajas desde un punto de vista meramente moderno; y aun si prescindimos de los intereses del hombre cultivado, que desea percibir la naturaleza del nexo entre estos vocablos y explicarse etimológicamente su sentido, lo que no siempre logrará fácilmente con un diccionario latino. Desde luego, el procedimiento se justifica, además, por tratarse de cultismos, que es lícito estudiar más rápidamente que el fondo popular, en un diccionario etimológico castellano.
Por esta razón me he permitido también, con bastante frecuencia, agregar en apéndice los helenismos cuyo étimo griego es hermano indoeuropeo de la voz latina correspondiente, o es afín a la misma de alguna manera: así las palabras en deca‑ figuran en el artículo diez. Por regla general he disociado las palabras germánicas, célticas, etc., de las afines latinas, y aun he prescindido de la parentela interna de los vocablos dentro de estos idiomas o en árabe, en vasco o en las lenguas americanas. Pero no he dejado de permitirme alguna excepción, cuando se trataba de voces de esta clase que, además de estar emparentadas, se ilustraban mutuamente (p. ej. los celtismos sábalo y saboga) o de voces de menor vitalidad (V. hornabeque, s. v. cuerno) o pertenecientes a familias cuyo nexo interno se percibe todavía más o menos en castellano; p. ej. ajiaco va con ají, alcazuz con orozuz, orzaya con cenzaya, arropía con arrope, guacamole con aguacate.
Con el mismo carácter de apéndices incluyo a veces en los artículos otras palabras, además de los derivados y compuestos. Ante todo los duplicados y alótropos de todas clases. Área va en el artículo era; el galicismo chanciller acompaña a canciller en el artículo cancel; y aun los catalanismos o leonesismos angoxa (‑güexa) y congoja van con su duplicado angustia en el artículo angosto. Claro que en casos como el de congoja el vocablo, a pesar de no encabezar artículo, recibe un estudio detenido, y que casos como éste son bastante más raros que el de los alótropos mucho menos vivaces, dentro del idioma, que su duplicado históricamente castizo.
También pueden ir en calidad de apéndice palabras que parecen emparentadas y no lo son, o es dudoso. Apriaño va en el artículo sabañón (porque se ha creído que ambos sinónimos proceden de PERNIO), chicha en el artículo salchicha, aunque su parentesco es sólo aparente, encosadura en el artículo coser, los compuestos del gr. θεός figuran en apéndice del artículo dios. En algún caso se da en nota o en apéndice el estudio de un vocablo sólo semánticamente relacionable con el epígrafe; p. ej. mengano, perengano y perencejo se estudian juntos en el artículo zutano; oeste, norte y sur, con todos sus compuestos, figuran en el artículo este. En estos ejemplos, enteramente excepcionales, eran evidentes las ventajas científicas de estudiar a un tiempo vocablos tan solidarios, pero en algún caso suelto de vocablo raro y sin importancia no he rehuído el relegarlo a una nota de otro artículo, con el cual no tenía otra relación que la semántica o la existente entre dos homónimos de origen bien independiente (así huelga 'campo fértil', célt. OLCA, figura sólo en una nota al artículo holgar, lat. FOLLICARE). Repito que todo esto es excepcional y que mis explicaciones bien expresas evitan toda mala inteligencia.
Y para el lector no podrá haber vacilaciones, pues un sistema de referencias abundantes, intercaladas en el orden alfabético general, le remitirán siempre al artículo donde se estudia el vocablo que interesa. En general me he mostrado generoso con las referencias de toda clase. Siempre que un artículo pueda aclarar, completar o ilustrar de cualquier manera el contenido de otro artículo, remito a aquél con letras de este carácter: ÁLABE (así en mi artículo aba). Reservado este carácter de letras para las referencias, bastará emplearlo para remitir el lector al artículo en cuestión, sin que haga falta siquiera decir «véase».
Amplitud semántica y dialectal de los datos.―¿Hasta qué punto en estos aspectos he pretendido agotar la materia y proceder a búsquedas exhaustivas? Desde luego he leído y extractado ampliamente todos los glosarios y vocabularios dialectales publicados, y a ellos he agregado datos procedentes de un sinnúmero de textos dialectales modernos y medievales; he analizado sistemáticamente el léxico de los autores citados y he tratado de averiguar la biografía de sus autores para utilizar, no sin reservas, las citas de su vocabulario en la localización del léxico. El contenido de algunos vocabularios, importantes e inasequibles, ha pasado íntegramente o casi íntegramente a este libro. El valioso y riquísimo glosario del bable de Colunga, debido a Vigón, ha sido reproducido íntegramente, dada la suma rareza de la obra; con el Rato he sido algo menos generoso, puesto que se encuentra en la mayor parte de las bibliotecas públicas y es fácil todavía adquirirlo, pero en cambio he extractado sin excepción todos los pasajes, muy numerosos, donde emplea en su texto palabras bables, o acepciones y aun ligeros matices de las mismas, que no están catalogadas en el orden alfabético. El léxico muy rico y preciso que describe Sánchez Sevilla en su hermoso estudio del habla de Cespedosa de Tormes (RFE XV), merecía tanta mayor atención por la gran rareza de los estudios dialectológicos en Castilla la Vieja, por la pericia del autor y por la falta de todo índice alfabético: de ahí que reproduzca siempre sus datos. El Catauro de Cubanismos de Fernando Ortiz ofrece cualidades comparables en el terreno hispanoamericano, y esta fuente copiosísima, además de poco accesible en las bibliotecas europeas, tiene el defecto de carecer de índices y de presentar las palabras yuxtapuestas al azar, sin orden alguno; siendo algo menos importante el léxico cubano que el asturiano para la indagación etimológica, por ser menos arcaizante, he creído sin embargo hacerme acreedor a la gratitud de los lexicógrafos y americanistas incorporando totalmente a mi libro el contenido de este léxico, desde mi letra G‑ (para el resto era demasiado tarde cuando pude hacerme con los ejemplares necesarios, y sólo he podido tener en cuenta los datos de mayor interés). Por razones análogas he extractado totalmente, o en su gran mayoría, el vocabulario de fuentes como los inventarios aragoneses de Serrano y Sanz (esquilmo independiente del glosario de Pottier, que llegó más tarde y que no siempre es de fiar en sus interpretaciones), el glosario zamorano de Fernández Duro, el del Cibao dominicano de Brito, el de voces canarias de Sebastián de Lugo, y otros varios (V. mi bibliografía).
Aunque mi bibliografía da amplia información sobre las fuentes utilizadas para cada dialecto, he creído útil agregar entre paréntesis, tras las palabras dialectales, el nombre del vocabulario de donde proceden, siempre que la duda era posible. Con ello ahorro a mis seguidores no sólo tiempo, sino dudas, pues en ciertos casos especiales era lícito e inevitable abreviar, complementar o interpretar la definición de mi fuente, y remitiendo a ésta facilito la labor del que desee completar o verificar mis indicaciones5. Cuando reproduzco sin cambios la definición de mi informante, la doy entre comillas dobles (« »), en otro caso va entre comillas sencillas (' ').
De manera análoga he procedido con los diccionarios medievales y del Siglo de Oro, sin retroceder ante la adquisición y el penoso manejo de las micropelículas necesarias. La primera edición del Nebrija castellano-latino (ahora mucho más asequible gracias a la edición facsímile de la Academia) ha pasado íntegramente a mi libro (salvo algún raro derivado de poquísimo interés), teniendo en cuenta la importancia básica de este léxico para la historia de la lexicografía castellana; con Covarrubias he podido adoptar un criterio más severo, dado lo accesible de su obra, lo divulgados que están ya sus datos y las dudas con que es menester acogerlos; mucho más generoso he sido con Alonso de Palencia, teniendo en cuenta su fecha y la dificultad que ofrece la utilización de su léxico castellano, por tratarse de un diccionario del latín al romance; también con la 1.ª y 2.a ediciones de Oudin, con Percivale y con C. de las Casas, y más que nada con el primero, tan personal y espontáneo6.
Me apresuro a hacer constar que mi libro no pretende contener una sinopsis de los diccionarios clásicos, como la que nos da Gili Gaya, ni de los dialectales, como lo hace el admirable Französisches etymologisches Wörterbuch de W. von Wartburg. Sobre todo para con éstos mi actitud ha sido selectiva y no exhaustiva. Una recopilación completa habría sido sin duda útil. Pero no sólo habría engrosado mi libro desmesuradamente, sino que hubiera retrasado enormemente su aparición, y con ello se perdía una de las grandes ventajas que presentará este diccionario frente al de Wartburg: la de ofrecer una doctrina coherente y completa respecto de todo el vocabulario castellano, tal como lo juzgamos hoy, de acuerdo con los conocimientos actuales de la romanística. El libro de Wartburg corresponderá en parte a las ideas y conocimientos de 1920, parte a los de los años treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta y probablemente los de mucho más tarde, si llega a publicarse del todo algún día, pues si el autor no alcanzare en vida suya a acometer el estudio de los germanismos, de las voces de Ultramar y de las palabras de origen desconocido, quién sabe si llegará a completarse nunca, y por desgracia nos veremos privados del juicio del autor en secciones tan esenciales del léxico galorrománico.
En los dialectos castellanos la cuestión presenta, por lo demás, caracteres muy distintos de los de Francia. Ahí el proceso, ya secular, de la publicación de diccionarios patois está casi completado, por lo menos lo está de una manera esencial en los 9/10 del territorio. El léxico aducido por Wartburg, sin selección, interesa por su propia masa, pues estando distribuido con bastante uniformidad y en proporciones comparables por todo el territorio nacional, los datos de Wartburg permiten por sí solos trazar una imagen, bastante exacta y completa, de la geografía léxica de Francia. Nada de esto en el territorio lingüístico castellano. Los diccionarios dialectales publicados hasta 1940 eran muchos menos que en Francia y estaban distribuidos en la forma más desigual, bastante numerosos en los dialectos hispanoamericanos, judeoespañoles y leoneses, eran raros en Aragón, Navarra y zonas castellanas de los Países Vasco y Valenciano, rarísimos en el Sur de España y Filipinas, e inexistentes o poco menos en las dos Castillas y Extremadura. Ni siquiera un esquilmo exhaustivo de todos los glosarios dialectales existentes en nuestra lengua permitiría dar una idea de la geografía de un vocablo; tanto menos cuanto que en todos ellos predomina la consigna de no registrar nada que ya figure en la Academia. Por otra parte, desde 1940 a 1954 se han publicado ya muchos más diccionarios dialectales que desde los albores de la filología castellana hasta 1940. Esta venturosa tendencia al aumento seguirá acentuándose, y, por lo tanto, parece que el momento en que una sinopsis a lo Wartburg valga la pena, está lejos todavía. Siendo ello así, ¡qué utilidad tan provisional habría tenido el intentar ahora una sinopsis, que a la fuerza habría debido cerrarse hacia 1945! Era preferible atenerse a un criterio selectivo. Nada o muy poco de lo conducente a la averiguación de la etimología se me habrá escapado, según creo, en los glosarios dialectales, que he leído íntegramente, y que cito a manos llenas en mi libro. Pero está claro que en obras ricas como las de Lamano, Alcalá Venceslada, Acevedo-Fernández y otras, queda todavía mucho de interés que no reproduzco, ni había para qué, siendo obras que están bien al alcance de todos.
En cuanto a la amplitud semántica de mi pesquisa, me he esforzado en que sea muy grande. Para el léxico perteneciente a compartimientos especiales, he extractado cuidadosamente obras de cada especialidad: libros de juegos, como el del Acedrex Dados e Tablas de Alfonso el Sabio; de cocina, como el de Roberto de Nola; de arquitectura, artes plásticas e ingeniería, como el de López de Arenas; tratados de equitación, veterinaria y cría de caballerías, como el Libro de los Cavallos alfonsí, los de Pero Menino y Maestre Giraldo o el Tratado de la Jineta de Fernando Chacón; obras sobre barcos y navegación, como las de García de Palacio y Eugenio de Salazar, y la colección de Fz. de Navarrete; sobre animales (Solalinde, Juan Manuel, López de Ayala, Medina Conde, Carus) y plantas (Colmeiro, Asín, etc.); sobre textos legales (Pz. Mozún, Yanguas, Fz. Llera, Tilander, Gorosch y los glosarios de muchísimos fueros), y así sucesivamente: no sólo los he tenido constantemente a la vista, sino que previamente habían sido objeto de un esquilmo sistemático. También he perseguido especialmente la determinación del matiz social y estilístico de cada término, aduciendo los testimonios pertinentes, modernos y clásicos: voces jergales o enfáticas, expresiones propias del lenguaje elevado, de las clases altas, del estilo poético o vulgar. No sólo se han tenido constantemente a la vista los estudios de Hill, Wagner, Salillas, Besses y otros sobre el vocabulario del hampa antigua y moderna; no sólo se ha atendido especialmente al lenguaje de los gitanos, en sus elementos índicos y europeos, haciendo lo mismo con los trabajos de Miklosich, Wagner, Borrow, Quindalé, Jiménez, Clavería, etc.; sino que se extractaron sistemáticamente las antiguas colecciones de vulgarismos e idiotismos, y las listas de palabras culteranas, recopiladas por Pedro Espinosa, Quevedo, Lope, Vélez de Guevara y otros clásicos. Autores particularmente ricos en vocabulario noble o elevado, como Góngora, o en vocabulario plebeyo y afectivo, como Mateo Alemán, han sufrido un examen muy cuidadoso y agotador.
Se ha estudiado con suma atención el lenguaje privativo de los moriscos, extractando a fondo fuentes como el glosario de Gayangos (en el Memorial Hist. Esp.), los estudios de Menéndez Pidal sobre el Yúçuf y de Nykl sobre el Recontamiento de Alixandre, las comedias moriscas de Lope y coetáneos, etc. Inútil decir el cuidado preferente con que se ha atendido al de los mozárabes, y a los demás dialectos medievales, pues todos ellos y en particular el primero han constituído tiempo ha una especialidad del autor de este libro. No dudo que la de su aparición va a señalar una fecha revolucionaria en cuanto a la idea que se ha tenido del influjo del mozárabe sobre el léxico castellano, influjo incomparablemente mayor de lo que se cree, si no ando equivocado; y también resulta claro ahora que el leonés, el portugués, el catalán y demás hablas peninsulares han influído mucho más de lo admitido comúnmente en la creación del vocabulario castellano general, lo cual explica muchas supuestas irregularidades que turbaban a los observadores rigurosos de la fonética histórica, y daban pie a los menos rigurosos para llenar sus gramáticas de excepciones arbitrarias y desconcertantes.
De todas estas especialidades léxicas ninguna ha resultado tan fecunda en hallazgos etimológicos como el lenguaje de la gente marinera, si no es la nomenclatura vulgar de las plantas, dos terrenos que desde antiguo han merecido la predilección del autor de este diccionario, y han de seguir mereciendo la de sus sucesores no sólo por la suma riqueza y elevado arcaísmo de sus nomenclaturas, sino también por lo descuidado que se ha tenido en España el estudio de los mismos, bien atendido en las otras lenguas europeas.
La documentación literaria y sus fuentes.―Al decir literaria me refiero no sólo a la literatura propiamente dicha sino también a los documentos y a todas las fuentes escritas que no sean diccionarios, léxicos o estudios lingüísticos. Al respecto debo empezar por una declaración: que esta documentación, júzguesela abundante o escasa, me pertenece por entero y no la debo a la ayuda de nadie (para las colaboraciones de que me he beneficiado, V. el fin de este prólogo). Sin duda se habría podido enriquecer todavía, echando mano de las ricas colecciones inéditas de la Academia, de la allegada por el Centro de Estudios Históricos y conservada en Madrid, del gran diccionario alfonsí de la Universidad de Wisconsin, y de otras recopilaciones en poder de estimados colegas que me han hablado de las mismas. El incorporar a mi libro lo más sustancial de estas colecciones habría permitido sin duda hacer retroceder la fecha de primera aparición de bastantes palabras, y seguramente me habría conducido a conclusiones diferentes respecto de la etimología de alguna. Pero no creo que esto último se hubiese producido más que en un pequeño número de casos, y no creo que el cambio en las primeras fechaciones (que por lo común habría sido de pocos años, a no ser en casos como el de liendre, V. p. XVII, donde no interesa etimológicamente) compensara los inconvenientes que traía consigo la incorporación de estos datos; En primer lugar, el enorme retraso que con ello sufría la publicación de mi libro, aumentado todavía en el caso de alguna de estas colecciones por la necesidad de verificar de nuevo todos sus datos. Además, otros eruditos podrán ahora rectificar mi libro muy fácilmente, si disfrutan de estas colecciones allegadas por otros, haciendo retroceder la primera fecha de algunas palabras ¿Para qué quitarles esta fácil satisfacción? Acaso yo mismo pudiera hacerlo otro día si se me dan los medios. Muchos más serán los casos en que no se logre más que confirmar mis datos, y entonces la ciencia dispondrá de una seguridad mucho mayor, al ver que por varias fuentes, independientes unas de otras, se llega a una misma conclusión respecto a la fecha de un vocablo; en cambio, si yo hubiera dispuesto, por ejemplo, de los dos grandes ficheros, madrileños, se habría creído comúnmente que mis datos se reducían esencialmente a los de estas fuentes.
Tengo ahora la satisfacción de decir que mis informes los he recogido personalmente, evitando así el peligro de las confusiones en que caen siempre los lexicógrafos más o menos improvisados, a sueldo de un centro académico. Con mucho menor gasto de tiempo y de papel he recogido mucho más material útil, puesto que al empezar mis lecturas sistemáticas tenía ya en la mente un cuadro bastante aproximado del vocabulario del castellano antiguo. Así he ido acometiendo durante muchos años la lectura y esquilmo de los textos más ricos en vocabulario y arcaísmos. Con el fruto de esta vastísima labor de primera mano he combinado luego todos los diccionarios de citaciones publicados: Autoridades, el DHist., Oelschläger, Pagés, Cuervo, el Tesoro y demás libros de Cejador, y una infinidad de vocabularios y glosarios de autores, de épocas o de ramas especiales, que cito en mi bibliografía.
En principio, cuando afirmo la presencia de un vocablo en un autor u obra, cito inmediatamente el pasaje donde se encuentra. Con las excepciones siguientes. No cito nunca el pasaje ni la procedencia del dato cuando lo saco de Aut., del DHist. ni del Dicc. de Cuervo, obras que han de encontrarse siempre al alcance del investigador que quiera comprobar mi información. Muchas veces me abstengo también de citar, por las mismas razones, la procedencia de las citas sacadas de Pagés y de Oelschl.; sin embargo, he procurado comprobar las citas de estas dos fuentes en casos de especial importancia, y respecto de autores y colecciones que suelen citar con errores, parte por culpa de ellos, parte por culpa de las ediciones de que se sirven; lo mismo, por lo demás, he tenido que hacer, aunque más raramente, con Cuervo, Aut. y DHist. En datos de estas procedencias me contento algunas veces con dar la fecha del texto sin mencionarlo por su nombre; ocurre esto en casos donde apenas puede caber duda7. No suelo comprobar las citas de fuentes como Friederici, Lenz, Neuvonen, Jal, Terlingen, que merecen gran confianza por su exactitud y por emplear ediciones correctas o no reemplazadas hasta hoy: me limito a remitir a estos autores. Lo más frecuente es también que me abstenga de citar el pasaje preciso de los autores y textos para los que se dispone de un glosario generalmente accesible, como los del Cid, Berceo, Fuero Juzgo, Juan Ruiz, Quijote, Góngora, Fz. de Moratín; pero ya soy más explícito en casos como los de Calila, Alex., Apol., Conde Luc., P. de Alf. XI, la Celestina, cuyos glosarios no están siempre al alcance de la mayor parte de los eruditos8: de hecho he comprobado casi siempre en el texto las citas de segunda mano que he sacado de los vocabularios de estas obras, y muchas veces las de otras. Con las fechas y textos citados en la 1.a doc., suelo ser parco, pero a reserva de aclararlo en el curso del artículo. Si alguna vez no he cuidado de hacerlo así, puede tenerse la seguridad de que el dato procede, bien de uno de los cinco diccionarios citados al principio de este párrafo, bien de uno de los estudios que menciono detalladamente en el curso de mi artículo9. No dudo que el crítico se hará cargo de la necesidad de ahorrar espacio y esfuerzo, sobre todo en una obra realizada por un solo hombre.
Para facilitar la consulta a los no especializados en la literatura española, he adoptado la norma general de indicar siempre la fecha de mis citas, además del nombre del autor. Me abstengo de hacerlo solamente con algunos textos y autores que se repiten con grandísima frecuencia: Cid, Berceo, Alex., Juan Ruiz, Quijote, Lope, Quevedo; y con estos léxicos: APal., Nebr., Terr., Pagés10. No hay otros, por lo menos en las indicaciones de 1.a doc.11; cuando en el cuerpo de los artículos doy muchas citas de autoridades, entonces soy más parco con las fechas. Todas éstas, y aun las de los textos más conocidos, puede suplirlas quien lo desee, recurriendo al índice bibliográfico. He procurado distinguir las fechas inseguras haciéndolas preceder de la abreviatura h(acia) o indicando sólo la de la muerte del autor. He gastado mucho esfuerzo en averiguar lo más exactamente posible la fecha de un número inmenso de textos. Que no siempre habré acertado a dar la fecha exacta o más probable, es bastante seguro. Pero no se puede esperar del mío que reemplace un diccionario biográfico. Creo haber contribuído pro parte virili a aligerar el trabajo de los que me consulten, y no se podía pedir más.
No son raros, sobre todo en los tomos segundo y siguientes, los artículos importantes donde doy ejemplos literarios y documentales muy abundantes, a veces más de una docena de ejemplos para cada siglo de la historia del idioma. La mayor riqueza de mi libro en este aspecto compensa ampliamente la mayor riqueza del de Wartburg en cuanto a material extraído de glosarios dialectales. Quizá algún filólogo, aun romanista, cuyos intereses científicos estén muy centrados en la Mitteleuropa, se pregunte si valía la pena de ser tan generoso en este aspecto, y quizá no encuentre otra explicación que el deseo de compensar la escasez de bibliografía española en las bibliotecas de muchos países. Sería ya una buena explicación. Pero estoy seguro de que ningún hispanista ni americanista compartirá su extrañeza. Por muchas razones. En primer lugar, a diferencia del francés, el inglés, el alemán y aun el italiano, el castellano no cuenta con un diccionario histórico, a no ser los materiales escasísimos del de Autoridades; de suerte que si prescindimos de las letras A-Ce, en que disponemos de la defectuosísima primera edición del DHist. de la Academia, mi obra llenará con tales artículos una gran laguna durante los cuarenta años largos en que deberemos esperar la publicación completa del nuevo diccionario de esta corporación. Por otra parte, en España, la tremenda revolución lingüística que significa la Reconquista, y la sucesiva generalización del dialecto de Castilla triunfando casi por completo de sus afines colaterales, ha dado al mapa léxico del país una configuración bastante más uniforme que el de Italia y aun el de Francia. Lo que nos enseñan los dialectos italianos y galorrománicos, en el territorio de lengua castellana hay que ir a buscarlo en gran parte en los textos de la Edad Media, pues más tarde desapareció en su mayoría con la muerte de los dialectos de la mitad Sur del territorio, y con el naufragio sufrido por lo aragonés y aun lo leonés, en la mayor parte de sus áreas respectivas. En fin, cada vez más nos damos cuenta hoy en día de la importancia etimológica del punto de vista estilístico, de la pertenencia de una palabra a tal o cual ambiente social (germanía, etc.) o literario (léxico poético y análogos), o a tal o cual tecnicismo de oficio, y todo esto sólo podemos descubrirlo con un buen número de citas literarias.
La etimología.―Dar la etimología de una palabra es explicar con qué elementos se ha formado, sea en castellano o en otra lengua, moderna o antigua, y cómo ha llegado a tomar la forma y el significado que tiene modernamente. Todo esto es necesario y a todo ello atiendo, sin contentarme con señalar el origen lejano o el inmediato, antes bien siguiendo la pista del vocablo desde sus fuentes más alejadas hasta la actualidad y dando cuenta de todas las fases de su evolución. No bastaba decir que bicho sale de un latino tardío BESTIUS, pues así no explicamos su evolución fonética ni la aparición reciente de la palabra en castellano; era preciso además probar que llegó pasando por el portugués, y dar pruebas de la existencia de ese BESTIUS, ajeno al latín generalmente conocido. Candil o albaricoque vienen del árabe hispánico, pero antes habían salido del latín, pasando por el griego, y lo propio ocurrió con fasquía y cenacho (sin la trasmisión griega); ahora bien, estos largos procesos se desarrollaron los unos en Oriente o en África, los otros en suelo español, diferencia de gran interés para la historia cultural y para comprender la forma del vocablo: había que dar pruebas de lo uno o de lo otro, y no contentarse con partir del árabe. Y así, en lo germánico, distingo constantemente lo autóctono, de raíces góticas, de lo importado de allende el Pirineo; y procedo así con tantas palabras orientales pasadas por el francés, catalán, italiano o portugués; voces célticas trasmitidas por el latín, el ibero o el vasco, etc. A su vez, los originales latinos, germanos o célticos tenían ya una historia indoeuropea que conserva su interés aun para el estudioso de las lenguas modernas.
Indudablemente, es legítimo dejar que el interesado en estos orígenes lejanos consulte un diccionario etimológico de la lengua respectiva. Y así he procedido las más de las veces en lo que resueltamente no sea de la competencia del romanista o del lingüista no especializado. Pero ocurre a menudo que en términos breves se puede aludir a una de estas explicaciones remotas, y ocasionalmente lo he hecho así cuando eran más sugestivas. Nuestra curiosidad queda plenamente satisfecha cuando llegamos a un idioma donde la formación del vocablo se explica por el funcionamiento interno y vivo de la lengua. Tiene cierto interés saber que zahorí, babucha y bonanza vienen de tal o cual palabra árabe, persa o griega, pero contenta más enterarse de que el ár. zuharî, padre de zahorí, significaba propiamente 'geomántico, astrólogo' y derivaba del nombre árabe del lucero o planeta Venus, derivado a su vez de un verbo que significa 'brillar' en esta lengua; que el persa pāpûš es compuesto de pâ 'pie' y un verbo que significa 'cubrir'; que el gr. μαλακία, de donde sale bonanza en última instancia, es derivado de μαλακός 'muelle', 'tranquilo', hermano del lat. mollis.
Pero es que además de una legítima curiosidad intelectual, tales explicaciones etimológicas sirven para apaciguar las dudas a que tiene derecho el espíritu crítico. En ciertos casos rechaza éste con sobrada razón el tipo de etimología consistente en decir, por ejemplo, que el cast. aliaga viene de un ár. ğaﬓlaq, cenacho de un ár. ࿌anná, estultar del bajo alem. stolt, o corcoba del gr. κούρκουμον 'cesto de esparto, bozal'. Hubo un tiempo en que satisfacían a la mayor parte de los eruditos esta clase de etimologías, consistentes en derivar una palabra nuestra de una lengua más o menos antigua y poco familiar a los hispanistas, pero hoy a pocos contentarían ya si no las acompaña la seguridad de que tales étimos son realmente palabras castizas y con arraigo antiguo en árabe, germánico, griego u otra cualquiera lengua de origen. Nadie se atrevería hoy a decir, como hizo Meyer-Lübke, que no interesa al romanista saber de dónde viene el ár. ğaﬓlaq, pues de lo que se trata es precisamente de saber si el romance tomó aliaga del árabe o el árabe del romance. Si en la lengua lejana el vocablo encuentra una explicación interna, se desvanecen las dudas; si no, será preciso probar por lo menos que en este idioma es más antiguo o más arraigado que en romance. De hecho ğaﬓlaq y ࿌anná son de origen romance en árabe, κούρκουμον es de origen latino en griego y el germ. stolt viene probablemente del lat. STULTUS o de su descendiente francés, lo cual nos obliga a preguntarnos si el cast. estultar no es más bien un derivado directo de esta voz latina o francesa.
Así convendrá proceder siempre que se trate de lenguas de vocabulario muy mezclado, como el árabe, el vasco, el celta insular, las lenguas americanas aborígenes, o las fases tardías del latín, del griego y de las lenguas germánicas. Sólo cuando tengamos la seguridad de que el vocablo latino o griego pertenecía a la lengua común del período clásico o preclásico, o cuando nos conste que figuraba en el patrimonio del germano o del céltico predialectales, podremos abstenernos de seguir más allá en la búsqueda etimológica, si ello no es fácil y útil por otras razones.
Si así conviene proceder con las lenguas ajenas a la Romania, con mucha mayor razón hay que abstenerse de afirmar que una palabra viene del francés, lengua de Oc, italiano u otro romance sin apoyarlo en firmes razones de gramática histórica, o por lo menos cronológicas, y si puede ser de los dos órdenes; los criterios semánticos y los testimonios coetáneos son también útiles, pero sólo con carácter auxiliar. Claro está que la existencia de alguna de estas razones no nos exime de esforzarnos por averiguar la etimología última del extranjerismo romance en cuestión, pues la aclaración de este punto es lo que mejor puede asegurarnos de que no erramos al juzgar la dirección del préstamo.
Con este ánimo he procedido siempre a lo largo de mi libro, y me atrevo a asegurar que éste es el primero dedicado a una lengua romance donde ello se practica en forma intransigente y sin excepciones, al menos en cuanto se refiere a lenguas no romances, y en particular el árabe, el germánico y las aborígenes de América. Ni aun si se trata de un préstamo más o menos reciente del francés o el italiano, me he abstenido de revisar a fondo la etimología remota del vocablo, puesto que al fin soy romanista sin limitaciones, una revisión global del diccionario etimológico romance es hoy un desideratum vivamente sentido, siquiera tal vez no sea ya realizable con la vida de un solo hombre.
En estas condiciones no es extraño que me haya visto conducido a rechazar etimologías interromances generalmente admitidas; a negar, por ejemplo, el origen germánico de brasa, tra(m)pa, crujir, gayo, garbo, pantano, escarpa y tacaño, el árabe de naipe, tripa, gaita, zaranda y talismán, él céltico de tamiz, el americano de tanda, baquía y tabaco, el turco de gancho y maguer, o a proponer etimologías radicalmente nuevas de varios de estos vocablos y de otros no menos internacionales o extranjeros, como casta, estancar, silo, baliza, cotobelo, bisturí, garita, saldo, almanaque, para limitarme a las que ahora acuden a mi memoria. Excuso decir que las ideas nuevas abundan todavía más en el léxico privativamente hispánico. El examen y juicio de todas ellas quedan para la crítica. Permítaseme insistir solamente en que el resumen inicial de cada artículo me ha permitido discriminar fríamente, en todo esto, entre lo que es ya seguro, lo verosímil y lo que no es más que una hipótesis oportuna pero muy discutible.
¿Hubiera podido, en estas cuestiones interromances, limitarme a remitir al REW y al FEW? Desde luego no, entre otras razones porque tratándose de obras escritas en todo o en parte unos cuarenta años atrás, la ciencia actual ha superado muchas veces lo que se escribió entonces. Ni aun con las partes más recientes del FEW era posible proceder así, por muy admirable que sea este libro, cuyo valor y utilidad pocos conocen tan íntimamente como el autor del presente. Me importa recalcar que he remitido sistemáticamente a sus artículos (y aun a los del REW) siempre que tenían alguna relación con los míos. Pero no podía contentarme con esto, no sólo en casos como los que acabo de aludir y no sólo por las otras diferencias que ya he señalado entre los tres diccionarios, sino porque hay entre ellos y el mío una discrepancia muy consciente en el estilo de argumentación y fundamentación. Se ha acusado a los dos grandes diccionarios etimológicos romances de ser demasiado secos. Sin hacerme mío este término harto severo, me apresuraré a reconocer que en el FEW hay un avance considerable frente al estilo telegráfico y sibilino de los razonamientos de Meyer-Lübke, pero creo contar con la aprobación de los entendidos al haber adoptado yo un lenguaje todavía más explícito. Es natural que en 1920 no se decidiera Wartburg a romper del todo con el procedimiento del REW, y entonces formó una tradición a la cual se muestra todavía ligado, aunque haya ido ampliando paulatinamente sus explicaciones en los tomos más recientes. Pero hay todavía mucho sobreentendido, frases no bastante claras, argumentos auxiliares callados, y aun puntos básicos olvidados o sólo aludidos vagamente. Treinta años más de experiencia nos han mostrado que el interés erudito por la investigación etimológica, lejos de decrecer, ha aumentado asombrosamente, si bien quizá no haya subido mucho el nivel medio de conocimientos de los estudiosos menos doctos, y aun puede haber disminuído en algunos respectos. Muchas veces los colegas y críticos de Wartburg y Meyer-Lübke, no dándose cuenta de esos argumentos callados o implícitos, escriben nuevos artículos para aclarar lo que en el fondo ya es sabido, y aun buscan etimologías nuevas, de donde interminables polémicas, que no es raro degeneren en personalismos o en mera balumba libresca. Todo lo cual se habría evitado con más explicaciones.
No he vacilado, además, en citar etimologías cuyo carácter erróneo es evidente para todos los mejor enterados, o que, sin serlo tanto, se deben a autores de escaso prestigio. ¿Cabía proceder con mayor desenvoltura y callarlas? No lo dudo, pero sí es lícito dudar que este carácter erróneo fuese siempre evidente para todos los que enseñan filología castellana, y desde luego no lo era para otros colegas muy sabios que no son lingüistas, o no son hispanistas, pero sí historiadores de la cultura o la literatura o la vida de España o de Occidente. Si me limitara a callar estas opiniones improbables, es de temer que algún crítico las resucitara, y de ahí otra vez refutaciones inevitables, polémicas y fárrago erudito innecesario. Siendo posible rechazarlas en dos palabras, era preferible hacerlo así, con la esperanza de que así queden enterradas para siempre.
No se vea en todo esto un tono despectivo que no quiero darle. No siempre se tienen a la vista todos los hechos ni ocurren todas las razones. Por el contrario, yo mismo he tenido muchas veces ideas de esta laya y las he anotado en mis fichas. Algunas las reproduzco en mi diccionario sólo para negarlas yo mismo. ¿Para qué si ni siquiera se habían publicado? Hago esto sobre todo en casos donde la etimología es desconocida o muy incierta (p. ej., s. v. arisco o crencha), y con otras ideas que ocurrirán naturalmente a cualquiera; y lo hago, no tanto para mostrar que me he preocupado de investigar el origen antes de proclamar nuestro «ignoramus», sino ante todo para evitar en lo posible que las formule y defienda otro que no tenga tan presente el estado del problema, como lo tenía yo al terminar su estudio. Además estas ideas que ahora creo inaceptables, otro día en que sepamos más, o en que se ponga de relieve algún aspecto que me ha escapado, podrán parecer posibles. La etimología germánica que sugiero para el americano bruga, o las célticas que apunto para crencha, sólo para rechazarlas decididamente, parecerán por lo menos dignas de discusión si mañana sabemos que aquel americanismo se ha empleado en España, o que el céltico isleño o el continental, tan mal conocido, ha poseído una formación verbal semejante al verbo crenchar.
Por lo dicho de las etimologías malas no se crea que me hago ilusiones sobre la posibilidad de llegar a acuerdos generales en materia de etimologías difíciles, o sobre la posibilidad de acabar con tales cuestiones. Bien al contrario, justamente es porque veo siempre el pro y el contra, y porque tengo conciencia clara de lo que será aceptado por los más y de lo que suscitará dudas, por lo que me ha interesado desarrollar bien mis puntos de vista y mi argumentación, pero sin empeñarme en llegar a un resultado definitivo cuando no me convencía. En mi artículo ufana, por ejemplo, después de una larga disquisición, no llego a zanjar el problema decisivamente. Pero basta con que lo haya hecho adelantar: creo haber demostrado que en este caso la explicación onomatopéyica no convence y que hay argumentos firmes en pro de un origen germánico; admito alternativamente dos étimos germánicos, entre los cuales no estimo posible decidir. Con facilidad habría podido dejar en silencio una de las dos hipótesis y apoyar resueltamente la otra, como suele practicarse, con lo cual habría convencido a muchos, pero no a mí mismo, ni tal vez a la crítica por venir. Trato de ir tan lejos como puedo al encuentro de la investigación futura, aunque sea a costa de parecer menos seguro de mí mismo. No me interesa parecer si no soy.
Si hay quienes desaprueben este proceder, serán los mismos que me critiquen por haberme aventurado mucho en el campo de las etimologías prerromanas. Era forzoso hacerlo. Si en un terreno tan arcaizante, en todos los órdenes de ideas, como el de la Península Ibérica, hay quien cree posible callar o reducir a nada, o a muy poco, las supervivencias prelatinas, no hace más que mostrar su falta de realismo o su nimia timidez. Docenas de veces he dado pruebas de mi escepticismo sistemático ante esta clase de etimologías, y de las exigencias que demuestro con ellas, como con las demás, al negar, por ejemplo, o poner en grave duda las pretendidas etimologías célticas o ibéricas de perro, bruja, gavilla, cueto, lastra, suero, segallo y otras tantas12. Pero no es menos frecuente que haya propuesto nuevas explicaciones de este tipo, muchas de las cuales me parecen seguras. Como era de esperar han surgido bastantes voces de origen vascoide en los Pirineos y en Castilla la Vieja, muchos celtismos en el Oeste y bastantes en todo el resto de la Península salvo Aragón. Para listas de los mismos y para una exposición de conjunto, véanse los artículos celtismos, iberismos y prerromanas (voces) de los índices alfabéticos del último tomo, y mi artículo New Information on Hispano-Celtic from the Spanish Etymological Dictionary, que ve la luz en la Zeitschrift für celtische Philologie. Aquí me limito a decir que he trabajado firmemente para asegurar las bases lingüísticas de esta parte de mi obra, documentándome a fondo en las fuentes más lejanas, y sin arredrarme ante el estudio de los prodigiosos meandros y recovecos de la fonética histórica de los modernos dialectos vascos y célticos. Pero que ante todo cuento con la colaboración de los críticos especialistas para asentar definitivamente las conclusiones en esta parte de la lexicología española.
Una obra como la presente está destinada ante todo a servir para el estudio del castellano y de su vocabulario, pero también a prestar grandes servicios no sólo para todos los aspectos de la lingüística castellana, sino además, y muy señaladamente, para el estudio de todas las lenguas romances, y aun para el de todo el tesoro léxico de la civilización occidental. El primer fin estaría cumplidamente satisfecho con el cuerpo del libro y con el generoso sistema de referencias, intercalado en el orden alfabético general, que permitirá encontrar sin pérdida de tiempo el artículo donde se estudia cada una de las palabras del castellano y de sus dialectos. El autor se habría podido contentar con esto, pero ha creído oportuno aumentar la utilidad de su obra, y merecer la gratitud de los estudiosos, proveyéndola de numerosos y copiosos índices alfabéticos, destinados sobre todo a facilitar la labor de los que se interesan por otras lenguas que el castellano, o por otros aspectos de la filología hispana que el vocabulario.
El período de preparación de este libro empezó en realidad al iniciar, hacia 1927, la recolección de materiales para mi proyectado diccionario etimológico catalán, en los que incluía también muchas palabras comunes a los dos idiomas y aun bastantes privativas del castellano. Desde 1939 me decidí a escribir, además, el diccionario etimológico castellano y aun a darle, inmediatamente, la prioridad, y desde aquel año me lancé a esta labor con todas mis fuerzas. La redacción empezó a primeros de 1947 y concluyó a fines de 1951, y aunque desde entonces he seguido retocando y enriqueciendo muchos artículos, las ideas sentadas aquí corresponden esencialmente a este período.
El acopio de datos aquí publicados y la doctrina científica inédita contenida en este libro, se deben exclusivamente al autor. Y, sin embargo, las deudas de gratitud que éste ha contraído, en el curso de la preparación, son muchas y grandes. Varios de mis alumnos me han ayudado copiando en papeletas los pasajes que yo había marcado en muchos libros, ordenando estas papeletas y prestándome otros servicios sumamente valiosos. Se trata de los Sres. José Santiago Arango (hoy profesor de la Normal de Mendoza), Aurelio R. Bujaldón, David A. Griffin y Robert Conboy13. Son acreedores a especial mención el último, por su larga constancia y excepcional esfuerzo, y el primero, que también me ayudó bastante tiempo, por la notable calidad de su trabajo y por las excelentes iniciativas con que me ayudó a hacer del Instituto de Lingüística de Cuyo un centro científico creador. Otras colaboraciones que he recibido, de alcance más limitado, las menciono y agradezco en la bibliografía y en los respectivos artículos del libro.
Las obras de los discípulos redundan siempre en mayor alabanza de los maestros. Para con los míos mi obligación y mi agradecimiento son muchos, y más que nadie para con dos hombres egregios: R. Menéndez Pidal y Jakob Jud. No sólo fueron ellos dos los que más han influído en mi formación ―y el segundo no menos que el primero, pese al mayor alejamiento de su especialidad y de su residencia―, sino que los dos me ayudaron con consejos de utilidad decisiva en todas las fases de la preparación de este libro, me alentaron en las horas difíciles y gastaron sin regateo su tiempo precioso para asegurar la publicación del mismo. Tan inexpresable es mi honda tristeza al pensar que éste ya no pudo ver el DCEC, como fue grande mi júbilo al saberlo en manos de aquél. Entre mis otros maestros, a todos deben mucho este libro y su autor, pero más señaladamente al que lo he dedicado, a Maurice Grammont y a Pompeu Fabra. También debo especial mención, por su ayuda y por su proximidad al tema de este libro, a T. Navarro Tomás y a Américo Castro. En varios momentos de la preparación o de las gestiones para publicarlo me han ayudado entre otros Leo Spitzer, Karl Jaberg, Arnald Steiger, Jordi Rubio, Joseph E. Gillet, Mario Roques. A éste y a José Quero debo la salvación de mis materiales léxicos en el tiempo difícil de las dos guerras. Amado Alonso, además de valiosos consejos, me dió las mayores facilidades en la utilización de los libros de su admirable Instituto de Filología, tan desastrosamente destruído por fuerzas bien ajenas a la ciencia. No ha sido menor, por lo demás, la ayuda recibida de otras grandes bibliotecas, en particular las dos mayores de Chicago. Entre las colaboraciones científicas sólo he de señalar aquí la de John M. Hill, a que me refiero en mi bibliografía, artículo APal.
Poderosa ha sido la ayuda material y el apoyo recibidos por el autor de las dos Universidades en que ha enseñado durante la preparación de esta obra: The University of Chicago y la Universidad N. de Cuyo. Ésta la vio nacer y estimuló materialmente el crecimiento de mis colecciones; aquélla hizo posible su realización en la época decisiva, la de la redacción, la favoreció siempre con el amparo más resuelto, y estaba decidida a editarla de no haberse encontrado medio de hacerlo en otra parte a un precio más accesible. Es difícil ponderar lo valioso del auxilio recibido de la Fundación Guggenheim al concederme dos becas seguidas y hacer posible mi entrada en los Estados Unidos; también contribuyó con algunas subvenciones la American Philosophical Society, y con un donativo más modesto la Modern Language Association.
Y así no he expresado todavía la sensación de reconocimiento hondísimo aunque indefinido que me embarga al coronar con las últimas líneas este gran esfuerzo. Laus Deo.
JOAN COROMINAS
The University of Chicago
Institut d'Estudis Catalans
19 de agosto de 1954.
1 Basta leer las «Notes bibliogràfiques sobre l'obra de Joan Coromines» con que prologa Max Cahner el libro de J. Corominas, Entre dos Llenguatges (Barcelona, Curial, 1976), para hacerse una idea de la importancia y rigor de los estudios lingüísticos emprendidos por el sabio lingüista catalán, así como de su tenaz dedicación al trabajo.
2 Esta obra, que da mucho más de lo que promete, aborda los problemas más importantes de la Fonética y Morfología históricas de las lenguas hispánicas, así como aspectos puramente filológicos de esas lenguas. Es más, todos los que de una u otra forma hemos trabajado con el léxico castellano, hemos tenido que acudir a este diccionario buscando en él lo que tendríamos que encontrar en un diccionario histórico. Uno comprende por ello que varios investigadores (entre los que me encuentro yo mismo) se hayan dedicado a la benemérita tarea de ir adelantando las primeras documentaciones del DCEC; pero lo que ya no se entiende bien es que haya lingüistas y filólogos que se tomen este asunto de las primeras dataciones como piedra de toque en que probar la validez del diccionario. Se me hace muy cuesta arriba creer que tales personas no hayan caído en la cuenta de que la primera documentación de un vocablo no es un fin que se persigue en un diccionario etimológico, sino sólo un argumento más —y no siempre decisivo— para dar con la etimología de las palabras estudiadas en él.
3 Luis Michelena, en L. Michelena y J. de Hoz, La Inscripción Celtibérica de Botorrita, Salamanca, 1974, p. 14.
4 V., por ejemplo, el caso elocuente de cuenda.
5 Para un ejemplo elocuente de los inconvenientes y ambigüedades a que se presta el sistema de dar formas dialectales sin citar expresamente su fuente, V. la nota 8 de mi artículo cogote.
6 Teniendo en cuenta que los datos de sus ediciones y los de las varias ediciones de Nebrija aparecen reproducidos muy inexactamente, por desgracia, en el Tesoro de Gili, sin culpa del recopilador, a consecuencia del desorden en que cayeron sus materiales, manejados sin cuidado por todo el mundo, en los años 1939-45..
7 P. ej., s. v. aljemifao, advierto que el vocablo figura sólo en dos autores, a quienes cito por su nombre, y doy la fecha del segundo. Además, como 1.ª doc., doy otra fecha más antigua, sin decir a qué autor se refiere, pero es evidente por lo dicho que ha de ser el otro de los dos que han empleado el vocablo. Ambos datos pueden comprobarse en el DHist. Por lo demás luego doy un ejemplo de la variante gemifao, encontrada en mis lecturas directas, y claro que cito exactamente el pasaje. En el artículo cordero doy la fecha de 1025, remitiendo a Oelschl., y para el femenino cordera, incluído en el mismo artículo, doy sólo la fecha de 984, sin decir de dónde la saco; apenas hacía falta decir que también de Oelschl.
8 Se ha escapado alguna excepción, como la cita del Alex. para copero; pero el vocabulario de Julia Keller figura en bastantes bibliotecas.
9 P. ej. la primera fecha de coronel está sacada del artículo de Terlingen; la de bosta procede de RFH VI, 160; la de corcel de Cuervo, Obr. Inéd., 215; trabajos, todos ellos, citados más abajo, en el cuerpo de mi artículo. La cita de Calderón para corcel procede, en cambio, de Aut. La de Lope de Rueda para corbana (s. v. corbana) puede encontrarse en la nota de la ed. Puyol de la Píc. Justina correspondiente al pasaje que luego cito de esta obra. En un caso así quizá habría ahorrado tiempo y dudas a mis críticos siendo un poco más explícito, pero éste es ya un caso extremo y muy raro en mi libro.
10 En cuanto a Oudin, indico casi siempre el año de la ed. de que se trata, que sólo son las de 1607 y 1616; en algún dato que saco de la segunda, y tengo razones, sin haberlo comprobado, para creer que figura ya en la primera, me abstengo de indicar el año. Se trata de las palabras y acs. que no figuran en Covarr., pues la gran mayoría de las innovaciones de la ed. de 1616 están sacadas de Covarr. (1611).
11 En la primera redacción de las primeras letras me abstenía también de dar la fecha de algunos textos y diccionarios más: Reyes Magos, Apol, Fn. Gonz., Calila, Partidas, 1.ª Crón. Gral. y demás obras alfonsíes, Gr. Conq. de Ultr., Conde Luc. y toda la obra de don Juan Manuel, Santillana, Canc. de Baena, Celestina, Tirso de Molina, Calderón, Duque de Rivas, Covarr., Aut. En la redacción definitiva he agregado en cada caso la fecha de estas obras, pero han podido quedar inadvertidos algunos casos sueltos.
12 Que no me mueve en ello el ánimo de contradecir a otros lo prueban no sólo mis argumentos al respecto, sino el hecho de que entre las etimologías prerromanas que niego o pongo en grave duda hay varias ideadas por mí (V. viluerto, buscar, bruja, crencha, troj, charco, roca, etc.).
13 En períodos más breves me ayudaron también W. T. McCready, Alma C. Collins, C. J. Odenkirchen, Hortensia Corominas y María E. Guevara.
No deben tomarse estas indicaciones, naturalmente, como un intento de bibliografía de la lingüística castellana y ni siquiera de la lexicología. Pretenden solamente servir de guía, al que consulte este libro, sobre las más importantes fuentes del mismo, pero no le dispensarán de consultar otras bibliografías en casos menos frecuentes, aunque en el texto del libro se ha procurado dar citas bastante completas de estas obras menos citadas, y tales que fácilmente se puedan completar del todo con un poco de experiencia bibliográfica. Además se han tenido en cuenta no sólo las obras citadas de lingüística castellana, sino también las de otras lenguas, y al hacer una y otra cosa se ha procurado atender tanto a las necesidades del lector hispánico como a las del extranjero, supliendo lo que es más fácil que ignoren uno u otro. Por la necesidad de evitar un aumento excesivo del volumen de esta lista, se ha prescindido de la gran mayoría de los artículos de revista, exceptuando los de importancia doctrinal básica. No se extrañará, por lo tanto, la ausencia aquí de los nombres de filólogos tan beneméritos de la investigación léxica como Aebischer, Bertoldi, Brüch, Hubschmied padre e hijo, Kahane, Lapesa, Malkiel, cuya aportación máxima consiste en aquella clase de artículos (
1 ).
Abenalbéitar, Kitâb al-ğâmic al-kabîr fî d-dáwiya al-múfrada (‘Gran colección de remedios simples’), botánico natural de Málaga, † 1248.
Abenalŷazzar, Nomenclatura Farmacéutica; médico tunecí, † 1004; cita muchos nombres españoles y africanos de plantas y medicamentos.
Abenbeclarix, Al-Mustacīnî; diccionario de materia médica compuesto h. 1106 por este judío zaragozano.
Abencuzmán, Dīwân; poeta cordobés, † 1159.
Abensida, Al-Múḥkam; diccionario arábigo compuesto por este lexicógrafo murciano (1007-1066).
Abenŷólŷol, Tafsîr al-maqālât as-sabc min kitâb Diyusqūrīdûs ('comentario de los siete tratados del libro de Dioscórides'); médico cordobés, † 982.
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Signos = De los signos que aparecerán ante del juicio.
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S. Mill. o S. M. = Historia del señor San Millán, ed. parcial de Marden, M. 1928.
S. Or. = Vida de Santa Oria, virgen, ed. Marden, M. 1928.
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BHisp. = Bulletin Hispanique, Burdeos 1899 ss.
BhZRPh. = Beihefte zur Zeitschrift für romanische Philologie, Halle 1905 ss.
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Biblia med[ieval] rom[anceada] según los mss. escurialenses I-j-3, I-j-8 y I-j-6. I. Pentateuco. Ed. de A. Castro, A. Millares y A. J. Battistessa, Bs. Aires, Inst. de Filología, 1927. [El único tomo publicado sólo contiene trozos de los dos primeros mss.; del primero son el Génesis, el Éxodo y los cap. 1-6 del Levítico; del otro el resto. Ambos mss. son del S. XV, aunque la lengua del 2.º corresponde al S. XIII, V. Oroz; la del 1.º parece del S. XV o muy a fines del XIV, en todo caso es erróneo ponerlo entre los textos del XIII, según hace Neuvonen; así lo confirma el empleo de la voz condestable, Gén. 21.22, introducida en Castilla en 1382].
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W. Bierhenke, Ländliche Gewerbe der Sierra de Gata, Hamburgo 1932.
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D. S. Blondheim, Les Gloses françaises dans les commentaires talmudiques de Raschi, 2 vols., P., 1929-37.
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Ellious Bocthor, Dictionnaire français-arabe, revu et augmenté par Caussin de Perceval, P. 1864 [su léxico corresponde por lo general al uso moderno, oral y escrito, de Egipto, con algún material de otra procedencia].
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Era Bouts dera Mountanho, p. p. B. Sarrieu, Saint Gaudens, 1905 ss. [revista de literatura en gascón, que recoge y localiza gran cantidad de léxico de las hablas de los deptos. Haute-Garonne, Hautes y Basses-Pyrénées, Gers y Ariège]; alguna vez cito también el Armanac dera Mountanho, ibidem, de características análogas.
Jaime Boy, Diccionario teórico, práctico, histórico y geográfico de Comercio, 4 vols., B. 1839-40.
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Rafael Brito, Diccionario de Criollismos, S. Francisco de Macorís, 1930 [voces usadas en el Cibao, región arcaizante del Norte de la República Dominicana].
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Clovis Brunel, Les Plus Anciennes Chartes en Langue Provençale, P. Picard 1926 [contiene todas las escrituras originales que se conservan en lengua de Oc, anteriores a 1200, procedentes del Languedoc en su gran mayoría; provisto de un excelente glosario].
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Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), Clemencia, Novela de Costumbres, Leipzig 1860, 1863 [pp. 289-90: «significado de algunas palabras andaluzas»].
––, La Gaviota; novela original de costumbres españolas, 2 vols., M. 1856.
––, otras novelas.
Aurelio Cabrera, Voces Extremeñas recogidas del habla vulgar de Albuquerque y su comarca, BRAE III, 653-66, IV 84-106.
Ramón Cabrera, Diccionario de Etimologías de la Lengua Castellana, 2 vols., M. 1837 [de todos los diccionarios etimológicos castellanos publicados, éste, aunque muy anticuado y parcial, es el único que conserva todavía cierto valor en algún caso; el autor, colaborador activo de la Acad., falleció en 1833 dejándolo inédito].
N. Caix, Studi di Etimologia Italiana e Romanza, Florencia 1878.
Matías Calandrelli, Diccionano filológico-comparado de la lengua castellana, vols. 1-12 (A-N), B. A. 1890-1916 [esfuerzo loable, pero el autor no tenía preparación adecuada y sus materiales raramente son de primera mano; contiene citas de clásicos españoles y comparación etimológica con las demás lenguas europeas].
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Calderón (1600-1681).
Calila e Dimna, a. 1251; ed. C. G. Allen, Mâcon 1906; ed. Gayangos, Rivad. LI; ed. Alemany, M. 1915; vid. Raoul M. Pérez, Vocabulario clasificado de —, Chicago 1943.
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María J. Canellada, El Bable de Cabranes, M. 1944.
Ag. Cannobbio G., Refranes Chilenos, Anexo a los AUCh., 1901.
Cantigas = Alfonso X, el Sabio, Cantigas de Santa María, ed. Acad., con prólogo del Marqués de Valmar, 2 vols., M. 1889. Se ha acudido, sin embargo, preferentemente a la edición moderna de W. Mettmann, 4 vols. Coímbra 1959-1972.
Francisco Cañes, Diccionario Español-Latino-Arábigo, 3 vols., M. 1787 [junto con léxico del árabe clásico trae muchas voces y acs. vulgares en Damasco y Siria].
Julio Caro Baroja, Los Pueblos de España, Barcelona 1946.
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L. Carré Alvarellos, Diccionario galego-castelán e vocabulario castelán-galego, Coruña 1933.
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Juan A. Carrizo, Cancionero Popular de Jujuy, Tucumán 1934.
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––, Cancionero Popular de Tucumán, B. A. 1937.
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Julius V. Carus, Prodromus Faunue Mediterraneae, sive Descriptio animalium maris Mediterranei incolarum... adjectis nominibus vulgaribus eorumque auctoribus, 2 vols., Stuttgart 1885-93 [muy importante y rico, pero más en nombres italianos, occitanos y catalanes que castellanos].
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J. M. de Casacuberta i J. Corominas, Materials per a l'estudi dels parlars aragonesos, BDC XXIV, 158-183.
M. C. Casado Lobato, El Habla de la Cabrera Alta, M. 1948.
J. Casares, Crítica Efímera, 2 vols., M. 1918-9.
C. de las Casas = Cristóbal de las Casas, Vocabulario de las dos lenguas toscana y castellana, Venecia 1591 [con pocos cambios reproduce la ed. príncipe, de 1570].
Castelao = Castelao, Escolma Posible, prólogo e seleción de Marino Dónega, Vigo 1964.
Cast. de D. Sancho = Castigos e Documentos para bien vivir, ordenados por el Rey don Sancho IV, ed. Agapito Rey, Indiana University, 1952; cito también la ed. Gayangos, Rivad. LI, que contiene extensas ampliaciones más tardías [texto atribuído a Sancho IV, 1284-95, pero que junto a un núcleo primitivo de estas fechas contiene muchas adiciones del S. XIV; todos los mss. son del S. XV o h. 1400].
Hernando del Castillo, Cancionero General, Valencia 1511; cito la ed. de 1882 por Paz y Melia.
Américo Castro, Glosarios Latino-Españoles de la Edad Media, M. 1936 [edición y comentario de los tres importantes glosarios, de Palacio, de Toledo y del Escorial, recopilados en Aragón hacia el año 1400; mi ayuda en la interpretación de estas fuentes fué más considerable que el «intento de ordenación» de que habla el autor en la p. XX].
––, Adiciones Hispánicas al diccionario etimológico de W. Meyer-Lübke, RFE V 21-42, VI 337-45.
––, Unos Aranceles de Aduanas del siglo XIII, RFE VIII, 1-29, 325-56, IX 266-76, X 113-36.
––, Lengua, enseñanza y literatura, M. 1924 [con un artículo sobre el andaluz, en particular el de Granada].
––, España en su historia: Cristianos, Moros y Judíos, B. A. 1948.
––, debo además a este maestro mío la utilización del léxico de docs. toledanos inéditos del S. XV, que cito en cada caso detalladamente (aparecerá en VRom. al cuidado de A. Steiger).
Américo Castro y Federico de Onís, Fueros Leoneses de Zamora, Salamanca, Ledesma y Alba de Tormes, M. 1916.
F. J. Cavada, Diccionario Manual Isleño: Provincialismos de Chiloé, Santiago de Chile 1921.
El Cavallero Zifar, h. 1300 o princ. S. XIV; ed. C. P. Wagner, Ann Arbor 1929; ed. Michelant, Tübingen, 1872.
Cej. = Julio Cejador y Frauca. Con esta abreviatura, seguida del número de un tomo, designo su Tesoro de la Lengua Castellana, M. 1902 ss., vols. 4-9.
Cej., Voc. = Vocabulario Medieval Castellano, M. 1929.
Del mismo autor se citan:
Historia de la Lengua y Literatura Castellana, 14 vols. M. 1915 ss.
La Lengua de Cervantes. I. Gramática del Quijote. II. Diccionario del Quijote; M. 1905.
Iberica. I. Alfabeto e Inscripciones Ibéricas, en Butlletí de l'Associació Catalana d'Antropologia, Etnologia i Prehistòria IV, 1926, 130-235.
Y sus eds. de Juan Ruiz, la Celestina y el Lazarillo, en Cl. C.
Celestina = Fernando de Rojas, Tragicomedia de Calisto y Melibea, compuesta h. 1490, quizá con añadidos de 1497; los cinco actos últimos no aparecen hasta la ed. de 1502; reproduce cuidadosamente ésta la de Foulché-Delbosc, B. 1902; cito también la de Cej en Cl. C.; comp. L. S. Poston, An. etymological vocabulary to the Celestina, vol. I (A-E), tesis velografiada, Chicago 1940 [útil como índice lexicográfico].
Cénac-Moncaut, Dictionnaire Gascon-Français, P. 1863 [refleja el habla de la zona de Mirande-du-Gers].
Cervantes (1547-1616):
Galatea, 1585.
Quijote I, 1605; II, 1615.
Novelas Ejemplares, 1613.
Viaje del Parnaso, 1614.
Ocho Comedias y ocho Entremeses nuevos, 1615 (de fecha más antigua, en parte muy anterior).
Persiles, 1616.
CEsc. = M. Rodrigues Lapa, Cantigas d'Escarnho e de mal Dizer dos Cancioneiros medievais galego-portugueses, Galaxia 19702.
P. J. Cevallos, Breve catálogo de errores [ecuatorianismos]. Ambato, 1880.
CGL = Corpus Glossariorum Latinorum, 7 vols., ed. G. Götz, Leipzig 1888-1901. Para la fecha y localización de varios de los glosarios ahí reunidos doy indicaciones en los artículos citados en la sección correspondiente de los índices generales de este diccionario.
Cid = Cantar de Mio Cid, h. 1140. Normalmente cito con esta abreviatura la ed. con glosario y comentario de Mz. Pidal, 3 vols., M. 1908-11.
Alexandru Cihac, Dictionnaire d'étymologie dacoromane, 2 vols., Francfort, 1870-9.
CIL = Corpus Inscriptionum Latinarum, Berlín 1863 ss.
Cl. C. = Clásicos Castellanos de La Lectura, M. 1910 ss.
R. Cleasby and G. Vigfusson, An Icelandic-English dictionary, Oxford, 1874.
Colección de Documentos Inéditos del Archivo General de la Corona de Aragón, p. p. P., M. y F. de Bofarull, 41 vols., 1847 ss.
Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España, 1842 ss.
Colección de Documentos para el estudio de la Historia de Aragón, 1904 ss.
Colmeiro = Miguel Colmeiro, Enumeración y revisión de las Plantas de la Península Hispanolusitana e Islas Baleares, con la distribución geográfica de las especies y sus nombres vulgares, tanto nacionales como provinciales, 5 vols., M. 1885.
Del mismo autor cito también el Diccionario de los diversos nombres vulgares de muchas plantas del antiguo y nuevo Mundo, 1 vol., M. 1871.
Colón, Autografi di Cristoforo Colombo, p. p. Cesare de Lollis, 2 vols., Roma, 1892-4. Las cartas suelo citarlas de la Colección de Fz. de Navarrete. Comp. M. P., La Lengua de Colón y otros ensayos, B. A., 1942; y J. P. Guillén Tato, La Parla Marinera en el diario del primer viaje de C. Colón, M., 1951. (†1506)
G. Colón, El «Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana» de Corominas. Notas de lexicografía y etimología hispánicas, ZRPh. LXXVIII, 1962, pp. 59-96.
––, Occitanismos y Catalanismos, «Enciclopedia Lingüística Hispánica», II, Madrid 1967, pp. 153-238.
Coll A. = B. Coll y Altabás, Colección de Voces usadas en la comarca de la Litera, apéndice de la 2.ª ed. del dicc. de Borao [se trata de la parte aragonesa de esta comarca de la prov. de Huesca, lindante con el catalán].
Conde Luc. = Infante D. Juan Manuel, El Conde Lucanor o Libro de Patronio, terminado en 1335; ed. Knust, Leipzig 1900; ed. Henríquez Ureña, B. A., Losada, 1941.
Congr. de la Ll. Cat. = Primer Congrés Internacional de la Llengua Catalana, B. 1908.
Consulado de Mar, código marítimo catalán, cuyo núcleo primitivo se remonta a la 2.ª mitad del S. XIII, con muchas adiciones del XIV y algunas del XV (para la extensión de cada una de estas partes, V. la ed. de Valls i Taberner en N. Cl.; cito también la de Moliné i Brasés, B. 1914, y la de Buchon).
F. Corazzini di Bulciano, Vocabulario Nautico Italiano, 6 vols., Florencia 1905.
Corbacho = A. Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera, El Corbacho, escrito en 1438, ed. Pérez Pastor, M. 1901; ed. L. Byrd Simpson, Berkeley de 1939; y V. Steiger [nacido en Toledo, el Arcipreste vivió mucho tiempo en Barcelona y Corona de Aragón, y su léxico muestra fuerte influjo aragonés y catalán].
Eugène Cordier, Études sur le dialecte du Lavedan, tir. aparte del Bulletin de la Société de Ramond, Bagnères de Bigorre 1878.
Jules Cornu, Die Portugiesische Sprache, en GGr. I, 2.ª ed.
Joan Corominas, Vocabulario Aranés, Tesis Doctoral, B. 1931.
––, Etimologies Araneses, BDC XIII (1925).
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––, El Parlar de Cardós i Vall Ferrera, BDC XXIII.
––, Mots Catalans d'Origen Aràbic, BDC XXIV.
––, Les Relacions amb Grècia reflectides en el nostre vocabulari, en Homenatge a Rubió i Lluch, B. 1936, vol. III.
––, A propos d'un nouveau livre sur le gascon, VRom. II.
––, Rasgos Semánticos Nacionales, AILC I.
––, Estudios de Etimología Hispánica, AILC I.
––, Espigueo de Latín Vulgar, AILC II.
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––, Noms Catalans d'Origen Germànic, en Misc. Fabra, B. A. 1943.
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––, Los Nombres de la Lagartija y del Lagarto en los Pirineos, RFH V.
––, Indianoromanica. Estudios de Lexicología Hispanoamericana; Occidentalismos Americanos, RFH VI.
––, Problemas del Diccionario Etimológico RPhCal. I.
––, Del pidal de Don Ramón, en Estudios dedicados a D. Ramón Menéndez Pidal, I, M. 1950.
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––, El que cal saber de la llengua catalana, Palma de Mallorca, 1954.
––, Estudis de toponímia catalana, Barcelona, 1965-70.
––, Lleures i converses d’un filòleg, Barcelona, 1971.
––, Du nouveau sur la toponymie occitane: Recherches sur les noms de lieux préromans de Languedoc et de Gascogne, «Beitr. Z. Namenforschung», VIII, 1973, pp. 193-308.
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––, Entre dos Llenguatges, Barcelona, 1976-7.
––, V. además DECat. y Hofmann.
Gonzalo Correas, Vocabulario de Refranes y Frases Proverbiales, 1627, ed. M. 1924 [Correas era salmantino].
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Curial e Güelfa, novela catalana, escrita h. 1450, cuyo léxico parece sugerir un autor valenciano, ed. Aramon, N. Cl.
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S. R. Dalgado, Glossário Luso-Asiático, 2 vols., Coímbra, 1919-21 [libro muy útil, donde se estudia con copiosa documentación el origen y sentido del léxico europeo procedente de la antigua Asia portuguesa].
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DECat., con esta sigla se remite al Diccionari Etimològic i Complementari de la Llengua Catalana, que el autor de este libro tiene en preparación avanzada.
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Jean Doujat, Ditciounari moundi, empeoutad per G. Visner, Tolouse, 1895 [Doujat escribió este diccionario del dialecto tolosano en 1637, para servir de glosario a las obras del poeta Goudoulì, cuyo léxico estaba enriquecido con préstamos de otras hablas occitanas; la parte del añadidor moderno, cuidadosamente distinguida y ejemplificada, fué recogida en la zona comprendida entre Toulouse, Pamiers, Carcasona y Castres. Obra algo rara, importante para el lexicógrafo hispanista].
R. Dozy, Suppl. (también citado sólo por el nombre del autor y número del tomo) = Supplément aux Dictionaires Arabes, 2 vols., Leyden, 1881 [Obra tan básica para el estudio del mozárabe como del árabe vulgar y el de la baja Edad Media].
––, Dictionnaire détaillé des noms des vêtements chez les Arabes, Amsterdam, 1845.
––, Gloss. = R. Dozy y W. H. Engelmann, Glossaire des mots espagnols et portugais dérivés de l'arabe, 2.ª ed., Leyden, 1869 [la 1.ª ed. de esta obra, debida sólo a Engelmann, fué enormemente mejorada y ampliada por su maestro Dozy en la 2.ª. El ejemplar que manejó Dozy, conservado en la biblioteca de la Universidad de Chicago, contiene numerosas anotaciones inéditas, de puño y letra del autor, que reproduzco en los artículos correspondientes de mi libro].
Juan Draghi Lucero, Cancionero Popular Cuyano, Mendoza, 1938.
––, Fuente Americana de la Historia Argentina, [ed. de un tratado de Geografía de Cuyo, escrito por un jesuíta desterrado de esta región, a fines del S. XVIII], Mendoza, 1941.
––, Las Mil y Una Noches Argentinas, Mendoza, 1940 [Cuentos populares].
R. Duarte, vid. Ramos Duarte.
Du C. = Glossarium Mediae et Infimae Latinitatis, conditum a Carolo du Fresne, domino Du Cange; ed. nova a L. Favre, 10 vols., Niort, 1883-7.
Du Cange, Glossarium ad scriptores Mediae et Infimae Graecitatis, P. 1688, 1905.
Antonin Duraffour, Lexique Patois-Français du parler de Vaux-en-Bugey (Ain), Grenoble, 1941.
––, Phénomènes Généraux d'évolution phonétique dans les dialectes franco-provençaux, Grenoble, 1932.
Alcée Durrieux, Dictionnaire étymologique de la langue gasconne, 2 vols., Auch, 1899-1901 [las etimologías carecen de valor e influyen a veces en las definiciones del autor; sus datos se refieren generalmente al depto. del Gers].
A. Echeverría Reyes, Jerga usada por los delincuentes nortinos [de Chile], Concepción, 1934.
––, Voces usadas en Chile, Santiago, 1900.
Florence Edler, Glossary of Medieval terms of business, Italian Series 1200-1600, Cambridge (Massachussetts), 1934.
L. de Eguílaz y Yanguas, Glosario etimológico de las palabras españolas (castellanas, catalanas, gallegas, mallorquinas, portuguesas, valencianas y vascas) de origen oriental (árabe, hebreo, malayo, persa y turco), Granada, 1886 [el método del autor es sumamente defectuoso y sus datos deben acogerse siempre con la mayor desconfianza, pero su libro contiene algunas palabras que faltan en el Gloss. de Dozy].
Francesc Eiximenis, escritor catalán de fines del S. XIV; se citan sobre todo su Doctrina Compendiosa, Regiment de la Cosa Pública y Terç del Crestià, en las eds. de N. Cl., y la antología publicada por Marçal Olivar en el tomo VI de esta colección.
W. D. Elcock, De quelques affinités phonétiques entre l'aragonais et le béarnais, P., 1938.
Juan del Encina (salmantino, 1468-1529), Cancionero, 1496.
Engelmann, vid. Dozy, Gloss.
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José Escrig y Martínez, Diccionario Valenciano-Castellano, Valencia, 1851; 3.ª ed. ampliada por Constantino Llombart, 1886 [tan defectuoso como los demás diccionarios valencianos, en cuanto admite muchas palabras y acs. inexistentes, pero más completo y con mejores definiciones].
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Espasa = Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, B., J. Espasa, editor, s. a.
Concha Espina, La Esfinge Maragata, 1913 [con mucho léxico del dialecto de Maragatería, NO. de la prov. de León; vid. el vocabulario que de ahí sacó J. Alemany, BRAE II 622-5 y III 339-66].
Aurelio M. Espinosa, Estudios sobre el español de Nuevo Méjico, 2 vols., trad. y reelaboración con notas de A. Alonso y A. Rosenblat, B. A., 1930-46.
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Pedro Espinosa, vid. Rodr. Marín.
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Serafín Estébanez Calderón [Málaga, 1799-1867] Escenas Andaluzas, M., 1883.
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EUC, vid. Est. Univ. Cat.
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F. = Fuero, Fuero de (F. Juzgo= Fuero Juzgo, F. Avilés= Fuero de Avilés, etc) El F. Juzgo (ed. Acad. 1815) fué traducido al castellano en 1241 (vid. Fz. Llera); el F. Avilés (ed. Fz. Guerra, M., 1865), se escribió en 1155; la mayor parte de los demás fueros en romance citados en este libro, corresponden al S. XIII, aunque en Aragón y el País Vasco-Navarro no son raros los del S. XIV y aun XV. Para eds., mss. y fechas de los fueros, consúltese el Catálogo de la Colección de Fueros y Cartas-Pueblas de España por la R. Academia de la Historia, M., 1852.
Fabra = Pompeu Fabra, Diccionari General de la Llengua Catalana, B., 1932 [piedra fundamental de la lexicografía catalana].
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––, Gramàtica Catalana, B., Inst. d'Est. Cat., 1917 [libro normativo].
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Tobías Garzón, Diccionario Argentino, B., 1910 [es el diccionario de argentinismos más útil para el lingüista: definiciones bien precisadas, abundancia de ejs. y de citas exactas de la lengua escrita, y aportaciones del uso oral general en la Argentina, y del peculiar de Córdoba, tierra del autor].
E. Gasselin, Dictionnaire Français-Arabe (Arabe vulgaire-Arabe grammatical), 2 vols., P., 1890-1 [muy rico, pero predomina en él el léxico muerto y artificial, es obra de segunda mano, que raramente localiza sus palabras vulgares].
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Samuel Gili Gaya, Tesoro Lexicográfico, 1492-1726, fasc. 1-3 (A-Ch). M., 1947-52 [sinopsis completa de todos los diccionarios castellanos publicados entre aquellas fechas; publicado después de la primera redacción del presente libro, no pude utilizar del Tesoro más que las letras A y B, al retocar el texto definitivo, y la C al corregir las pruebas]; vid. además M. Alemán.
J. E. Gillet, Coplas de unos tres pastores, Philol. Q. XXI, 23-46.
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Josep Giner i March: cito de él muchos informes inéditos que me ha proporcionado sobre el valenciano de la capital y Centro y Sur del País; algunos del léxico marino catalán de L'Escala, y otros del aragonés de Ansó.
Giraldo, el portugués Mestre ~ que escribía en 1318, estudiado por Carolina Michäelis, RL XIII (1910), 149-432, «M. Giraldo e os seus tratados de Alveiteria e Cetreria».
G. Girona, vid. García Girona.
J. Givanel i Mas, Notes per a un vocabulari de l'argot barceloní, BDC VII, 11 ss.
Glos. de Palacio, vid. Am. Castro.
Glos. de Toledo, íd.
Glos. del Escorial, íd.
Glosario mozárabe de h. 1100, V. Asín.
Gl[osas] de S. Millán o Emilianenses, glosario compuesto en la Rioja a med. S. X, publicado y estudiado por M. P., Oríg., pp. 1 ss.
Gl. de Silos, glosario compuesto en el NE. de Castilla en la 2.ª mitad del S. X, publicado y estudiado por M. P., Oríg., pp. 9 ss., y antes por Priebsch, ZRPh XIX, 1 ss.
God. = F. Godefroy, Dictionnaire de l’ancienne langue française et de tous ses dialectes, du IXe au XVe Siècles, 10 vols., P., 1880-902.
C. H. De Goeje, Nouvel Examen des Langues des Antilles en Journal de la Soc. des Américanistes, Nueva Serie, XXXI (P., 1939), pp. 1-120 [importante para el estudio de los indigenismos antillanos].
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Luis de Góngora, nacido en Córdoba en 1561, † 1627; ed. Foulché-Delbosc, 3 vols., 1921; comp. Alemany.
Pascual González Guzmán, El Habla Viva del Valle de Aragüés, Zaragoza, 1953 [junto al valle de Echo, Alto Aragón occidental].
González de Holguín, Vocabulario de la Lengua general de todo el Perú, llamada lengua quichua, Cuzco, 1608; cito casi siempre la ed. del P. Lobato, Lima, 1905, quien distingue las palabras (aunque no las acs.) que él agrega.
A. González Palencia, Los Mozárabes de Toledo en los siglos XII y XIII, 4 vols., M., 1926-30 [comp. lo que digo de Oelschl.].
Max Gorosch, El Fuero de Teruel, Estocolmo, 1950.
Peire Goudoulì (en francés Pierre Goudelin), Obros, Toulouse, 1637, 1811 y otras eds. (comp. Doujat).
José M.ª Goy, Susarón, Paisajes y costumbres de la Montaña leonesa; Astorga, 1920 [novela; pp. 483-503: significado de palabras usuales en Puebla de Lillo y empleadas en esta novela].
GPSR, vid. Gauchat-Jeanjaquet-Tappolet.
Gr. Conq. de Ultr. = La Gran Conquista de Ultramar, Salamanca, 1503; ed. Gayangos, Rivad. XLVII [muy defectuosa, se limita a copiar con errores la de 1503; sólo abarca una pequeña parte del texto la ed. más satisfactoria de Emeterio Mazorriaga, La Leyenda del Caballero del Cisne, transcripción anotada del códice de la Biblioteca Nacional 2454, M., 1914; el fragmento publicado corresponde a los cap. 47-142 de la ed. Gayangos; hay además la tesis doctoral de Gladys St. Calbrick, A Critical Text of La G. C. de U., chapters 264-300. Univ. de Chicago, 1939, que permanece inédita y se funda sólo en un cotejo del ms. J-1 de la Nacional con la ed. de 1503 y los originales franceses]. Me he servido también de la edición, en prensa, que de este texto ha preparado L. Cooper.
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Otas = El Cuento muy famoso del Emperador Otas de Roma, ed. Amador de los Rios, Hist. Crít. de la Lit. Esp., V 391-468 [ed. muy incorrecta; el Sr. Herbert Baird en su tesis doctoral, publicada en los Anejos del B. R. A. E., la enmienda según el ms. y demuestra que se trata de un texto de la 1.ª mitad del S. XIV, de acentuado carácter dialectal leonés].
César Oudin, Tesoro de las dos lenguas francesa y española, 1.ª ed., P., 1607; 2.ª ed., P., 1616 [he tenido a la vista la 2.ª ed. constantemente, y la 1.ª en todos los casos importantes].
Pagés = Aniceto de Pagés de Puig, Gran diccionario de la lengua castellana, autorizado con ejemplos de buenos escritores antiguos y modernos, 5 vols., B., s. a. [El primer tomo lleva el prólogo fechado en 1901. Desde la p. 529 (LAR-) del tomo III empieza a utilizar la ed. de 1914 de la Acad., y desde el principio del tomo IV (N-) empieza a utilizar la ed. de 1925].
Simin Palay, Dictionnaire du béarnais et du gascon modernes (bassin de l'Adour), 2 vols., Pau, 1932.
PAlc. = Pedro de Alcalá, Arte para ligeramente saber la lengua aráviga y Vocabulista arávigo en lengua castellana, 1505; me sirvo de la ed. facsímil, N. Y., 1928; otras veces cito la de P. de Lagarde, Petri Hispani de lingua arabica libri duo, Gottingen, 1883 [Vocabulario del árabe granadino: es el más completo pero el más tardío de los glosarios del árabe de España. La nomenclatura castellana está copiada literalmente de Nebr., con raras modificaciones].
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Braulio Vigón, Vocabulario dialectológico del Concejo de Colunga, Villaviciosa, 1896-8. [Distingo con una V las palabras asturianas tomadas de esta copiosa fuente. Colunga está en la costa, a medio camino de Gijón al límite con Santander.]
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––, La Infancia de Jesu-Christo: 10 representaciones de la Natividad por Gaspar Fernández y Ávila, Halle, 1922. [El autor era malagueño y vivía en el S. XVIII, pero su lenguaje no es andaluz, sino una especie de sayagués convencional, con algún andalucismo.]
––, Das ländliche Leben Sardiniens im Spiegel der Sprache, Heidelberg, 1921.
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––, Über die vorrömische Bestandteilen des Sardischen 4 (en ARom. y otras revistas).
Walde-H. = A. Walde y J. B. Hofmann, Lateinisches etymologisches Wörterbuch, 2 vols. (del 2º sólo se ha publicado hasta la V, y no pude utilizar sino hasta la P), Heidelberg, 1938 ss.; cito por Walde la 2.ª ed. del mismo libro (1910), debida sólo al primer autor.
Walde-P. = A. Walde y J. Pokorny, Vergleichendes Wörterbuch der indogermanischen Sprachen, 3 vols., Berlín, 1926-32.
W. von Wartburg, Bibliographie des dictionnaires patois, P., 1934. V. FEW y Bloch.
Noah Webster, International Dictionary of the English Language, Springfield (Mass.), 1908...
Leo Weisgerber, Die Sprache der Festlandkelten, en Bericht des deutschen archäolog. Instituts, römisch-germanische Kommission XX (1931), 147-226 [fundamental para el estudio del celta continental y de los celtismos romances; pone parcialmente al corriente los libros hoy anticuados de Thurneysen y Dottin].
––, Rhenania Germano-Celtica, Gesammelte Abhandlungen, 1969.
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Glen D. Willbern, Vocabulary Elements in Thirteenth-Century Castilian. Tesis dactilografiada de la Univ. de Chicago, 1940 [útil vocabulario de la Biblia Medieval Romanceada, pp. 1-44; Libro de Buenos Proverbios, pp. 1-32; Calila y Dimna, ed. Allen, pp. 17-46; El Caballero Zifar, ed. Wagner, pp. 1-72; M. P., D. L. (docs. de los años 1200 a 1249); General Estoria, pp. 287-310; Setenario, f° 1-13, y 1.ª Crón. Gral., pp. 1-28, 179-95, 388-414 y 645-67].
Ernst Windisch, Irische Texte mit Wörterbuch, Leipzig, 1880-1909.
Gustav Wissler, Das shweizerische Volksfranzösische, en RF XXVII (1909).
Woodbr. = Hensley Ch. Woodbridge, Spanish nautical terms of the age of discovery, Univ. of Illinois thesis, 1950 [útil estudio del vocabulario empleado en la Colección de Fz. de Navarrete; por desgracia no siempre distingue los resúmenes modernos de los textos originales, y como algunas veces no he podido verificar en Navarrete, los datos indicados con esta abreviatura deberán comprobarse].
Wright, A Grammar of the Arabic Language, 2 vols., 3.ª ed., Cambridge, 1896.
WS = Wörter und Sachen, Heidelberg, 1909 ss.
José M. Yanguas, Diccionario de antigüedades del reino de Navarra, 3 vols., Pamplona, 1840.
––, Diccionario de las palabras anticuadas que contienen los documentos existentes en los archivos de Navarra, Pamplona, 1854.
––, Diccionario histórico-político de Tudela, Zaragoza, 1828.
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Ŷauharí, erudito persa de fines del S. X, cuyo diccionario constituye una de las bases principales de la lexicografía del árabe clásico [cito según Lane y Freytag].
Yúçuf = Poema de Yúçuf, h. 1300, poema aljamiado debido a un morisco aragonés; vid. M. P.
Yule, V. Hobson-Jobson.
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Alonso Zamora Vicente, El Habla de Mérida y sus cercanías, M., 1943.
––, Notas para el estudio del habla albaceteña, RFE XXVII, 233-65.
ZCPh. = Zeitschrift für celtische Philologie, Halle, 1897 ss.
ZDWF = Zeitschrift für deutsche Wortforschung, Strassburg, 1900 ss.
Zeitschrift der deutschen morgenländischen Gesellschaft, Leipzig, 1847 ss.
ZFSL = Zeitschrift für franzöesische Sprache und Literatur, Oppeln, 1879 ss.
Z. f. vgl. Spr., V. KZ.
ZONF = Zeitschrift für Ortsnamenforschung, Munich, 1925 ss.
ZRPh = Zeitschrift für romanische Philologie, Halle, 1877 ss.
a. (ante un número) = año.
a. (combinado con una abreviatura de lengua o dialecto) =alto.
a. alem. ant. = alto alemán antiguo.
a. alem. med. = alto alemán medio.
abr. = abruzo, dialecto de los Abruzos.
ac. = acepción.
Acad. = Academia (V. la bibliografía).
acs. = acepciones.
acus. = acusativo.
adj. = adjetivo.
adv. = adverbio.
afric. = africano.
ags. = anglosajón, inglés antiguo.
alav. = alavés [Baráibar].
alb. = albanés [G. Meyer, St. Mann].
albac. = albaceteño [Zamora Vicente, Navarro Tomás].
alem. = alemán.
alent. = alentejano, habla del Alentejo, Sur de Portugal [Fig.; RL II 15-45, IV 13-77, 215-46, VIII 92-98, 298-300, IX 167-176, X 81-101, 238-54, XV, 103-111, XXV 58-74, XXVI 68-83, XXIX 217-25, XXXIII 94-176, XXXIV 266-90, XXXV 155-60, XXXVI 197-217].
algarb. = algarbío, habla de los Algarbes, extremo Sur de Portugal [RL IV 324-38, VII 33-55, 104-25, 244-64, etc.; Fig.].
alguer., dialecto de L'Alguer (Alghero), ciudad de lengua catalana en el NO. de Cerdeña. V. cat. [AORBB V 121-178, VI 41-112].
almer. = almeriense [cito así, o refiriéndome más especialmente a las Sierras o Montañas de Almería, los copiosos materiales léxicos que he recogido en Bédar o he oído a gente oriunda de esta parte de la Andalucía oriental, de donde procede la familia de mí esposa; A. Venceslada].
Alto Aller = V. Rodríguez-Castellano.
alto-arag. o a. arag. = alto-aragonés [Casacuberta, Elcock, Kuhn, Rohlfs, Griera, Krüger].
alto-nav. o a. nav. = alto-navarro, dialecto vasco de la Navarra española y Oeste de Guipúzcoa (Irún, Fuenterrabía).
amer. = americano.
ampurd., ampurdanés (NE. de Gerona), cat. oriental. V. cat.
a. nav., V. alto-nav.
and. = andaluz [A. Venceslada, Toro G., Acad., F. Caballero, Estz. Calderón, Eguílaz, A. Castro; comp. almer.].
andorr., andorrano cat. occidental V. cat.
angloamer. = variedad inglesa de los Estados Unidos y Canadá.
anglonorm. = anglonormando, francés medieval de Inglaterra.
Ansó = ansotano, habla del valle de Ansa, punta NO. de Huesca, junto al limite vascuence [Casacuberta, Kuhn, Rohlfs, Elcock].
ant. = antiguo [esta abreviatura sigue siempre y no precede una abreviatura de idioma. Es asombroso que todavía se practique en tierras hispánicas el grosero extranjerismo consistente en escribir antiguo francés, antiguo eslavo y análogos, en lugar de francés antiguo, etc., como siempre se ha dicho y como han escrito los mejores].
antic. = anticuado [a diferencia de ant(iguo), lo aplico a lo usual después de la Edad Media, pero ya no vigente].
antill. = antillano.
ár. = árabe [Dozy, Freytag, Lañe, Belot, Gasselin, Steiger, Fagnan, Lerchundi, Tedjini, Beaussier, Griffini, Bocthor, Probst, Cañes, Dieterici, Penrice, Leyden, R. Martí, PAlc.; las demás fuentes, salvo algunas de menor importancia, las cito de segunda mano, sacándolas de las tres primeras].
arag. = aragonés [Borao, Puyoles-Valenzuela, Peralta, Acad., Gili; V. alto-arag., Litera y Segorbe; para la lengua antigua: Tilander, Serrano Sanz, Pottier, Gorosch, M. P., G. de Diego, Julia Keller, Apol., Liber Regum, Cej. Tes., etc].
aran. = aranés, dialecto gascón hablado en el Valle de Arán (Cataluña) [Corominas, Krüger Hochpyr.].
arauc. = araucano, mapuche [Augusta, Lenz, Valdivia, Abregú].
arg. = argentino [Garzón, Segovia, Bayo, Granada, M. Fierro, Ascasubi, Guiraldes, Payró, Draghi, Carrizo, Lullo, Avellaneda, Lafone, Lizondo, Malaret, BRAE IX 526-48, 705-28, otras muchas fuentes menores y notas tomadas en el país].
Arg. = República Argentina.
argel. = argelino [Beaussier, Dozy].
arieg. = habla languedociana del Ariège [Fahrholz, Rohlfs, Bouts, ALF, FEW].
arm. = armenio.
art. = artículo.
ast. = asturiano o bable [Rato, Vigón, Acevedo-F., Munthe, Canellada, M. P.].
astorg. = astorgano [A. Garrote].
astur. or. = asturiano oriental.
auv. = auvernés, dialecto occitano de la Auvernia [Vinols, Michalias, Dauzat, Mistral, FEW, ALF].
ave. = avéstico.
avést. = avéstico.
azor. = dialecto portugués de las Azores.
b. = bajo.
B. A. = Buenos Aires.
Babia = V. G. Álvarez.
bal., balear catalán V. cat.
b. alem. = bajo alemán.
barc., barcelonés cat. oriental V. cat.
bearn. = bearnés [Lespy, Palay, Rohlfs, ALF, FEW].
Bédar = V. almer. (vol. I, p. LXii).
beir. = beirão, dialecto de la Beira, región portuguesa a la izquierda del Duero [Fig.; RL II 241-52, V 161-74, XI 96-163, XII 298-316, XXVII, 86-197; VKR IV 246-305; Leite de V., Opúsc. II].
berc. = berciano, dialecto leonés del Bierzo, NO. de León [G. Rey, Fz. Morales].
bereb. = bereber [Schuchardt, Ibáñez, Eguílaz, Simonet, Biarnay, Stumme, Huyghe, Destaing, Beguinot, Laoust, Renisio].
bergam. = bergamasco (Alpes lombardos) [Lorck, AIS, REW].
b. gr. = bajo griego [Sophoclês, Du Cange, G. Meyer, CGL].
Bielsa = valle arag. al O. del de Gistáin [Casacuberta, Rohlfs, Badia].
bilb. = bilbaíno, castellano vulgar de Bilbao [Arriaga, Mugica].
biz., V. gr.
b. lat. = bajo latino (latín escrito y artificial de la Edad Media, a diferencia del latín tardío, que se aplica a la lengua escrita de los siglos III, IV y V y puede alcanzar a lo sumo hasta el VI y VII, y a diferencia de latín vulgar, que se aplica a la lengua oral de estas mismas épocas y del resto de la Antigüedad [Du C., Arnaldi, Sella, Baxter-J., y fuentes hispánicas varias].
b. nav. = bajo-navarro, dialecto vasco de la Navarra francesa (Saint-Jean Pied-de-Port, Hasparren, Saint-Palais, etc.) y parte de la Navarra española (Valcarlos, Salazar) [Lhande, Azkue].
boliv. o bol. = boliviano [Bayo].
boloñ. = boloñés, dialecto de Bolonia [Coronedi, AIS, REW].
bord. = bordelés [Delpit, Mistral, ALF, FEW].
B.-Pyr. = Basses-Pyrénées, departamento francés [Lespy, Palay, Rohlfs, ALF].
brasil. = brasileño [Lima-B., Almeida, L. C. de Moraes, Rod. García, Pereira, Viotti].
bret. = bretón [Le Gonnidec, Vallée, Falc'hun, Ernault, V. Henry, Loth, Pedersen, Stokes-B., Walde-P.].
britón. = britónico, rama céltica que abarca el bretón, el galés y el córnico [Loth].
Broto = valle aragonés al E. del de Tena [Kuhn, Elcock].
búlg. = búlgaro.
burg. = burgalés [G. de Diego, Acad., Vergara].
Cabranes = V. Canellada.
calabr. = calabrés [Rohlfs; AIS].
campid. = campidanés ( = sardo meridional) [Spano; Wagner; AIS].
canar. = habla de Canarias [Pérez Vidal, Lugo, Millares, Pz. Galdós, Rev. de Historia de La Laguna].
Canc. = Cancionero.
cap. = capítulo.
capc., V. cat.
Caspe, ciudad de Zaragoza junto al límite catalán [Casacuberta].
cast. = castellano.
cat. = catalán; sus dialectos:
1) cat. orient. = cat. oriental (prov. Gerona, Barcelona y Tarragona, salvo el valle del Ebro).
a) ampurd. = ampurdanés (NE. de Gerona).
b) barc. = barcelonés.
2) cat. occid. = cat. occidental (valle del Ebro, prov. Lérida y zona cat. de Aragón).
a) andorr. = andorrano.
b) pall. o pallar. = pallarés (NO. de Lérida).
c) ribag. = ribagorzano (zona pirenaica catalana de Huesca).
d) tort. = tortosino.
3) bal. = balear.
a) mall. = mallorquín.
b) menorq. = menorquín.
c) ibic. = ibicenco.
4) val. = valenciano.
a) maestr. = dialecto del Maestrazgo.
5) rosell. = rosellonés ( = depto. de Pyrénées-Orientales).
a) cerd. = cerdano (Cerdaña = extremo Oeste de Pyr.-Or., y punta NO. de Gerona y NE. de Lérida).
b) capc. = dialecto del Capcir, al NE. de Cerdaña.
6) alguer. = dialecto de L'Alguer (Alghero), ciudad de lengua catalana en el NO. de Cerdeña.
[Fabra, Ag., Alcover, Balan, BDC, BDLC, AORBB, ALC, Griera, Labemia, Bulbena, Torra, Lacavalleria, J. Marc, Nebr. cat., N. Cl., abundantes notas propias y otras muchas fuentes].
célt. = céltico [Pedersen, Stokes-B., Jud, Walde-P., Dottin].
centr. = central.
centroamer. = centro-americano [Salazar, Malaret, y V. cada una de las Repúblicas].
cerd., cerdano rosellonés V. cat. [BDC II 50-57, y notas propias].
cesped. = cespedosano (Cespedosa de Tormes, prov. de Salamanca, junto al limite de Ávila) [S. Sevilla].
cit = citado (por).
cl. o clás. =clásico.
col. = colectivo o colombiano.
colomb. = colombiano [Cuervo, Sundheim, Tascón, Lanao, Malaret, Uribe, E. Rivera].
Colunga, en la costa de Asturias, entre Gijón y el límite santanderino [Vigón].
comp. = compárese.
cond. = condicional.
conj. = conjunción.
conq. = conquense [López Barrera, Acad.].
cord. = cordobés 3[Cej. Tes.; Acad.; Juan Valera; A. Venceslada].
córn. = córnico, antiguo idioma céltico de Cornualles [Jenner, Nance].
costarric. = costarricense [Gagini].
CPT. = compuestos.
cub. = cubano [Pichardo, Mtz. Moles, F. Ortiz, Malaret, Suárez, Bachiller y Morales, y raramente Macías y notas propias].
chil. = chileno [Román, Echeverría, Lenz, Vicuña C., Guzmán Maturana, Malaret, Rev. de Folkl. Ch., anotaciones propias y otras fuentes varias, raramente J. T. Medina, P. A. Valenzuela, Risso Patrón, Draghi].
dalm. = dalmático, lengua romance extinta [Bartoli y varios artículos de Skok en ZRPh. y ARom.].
dan. = danés [Falk-Torp, etc.].
dat. = dativo.
delfin. = delfinés, dialecto occitano del Delfinado meridional [Martin, Ronjat, FBW, ALF, Mistral]; habla francoprovenzal del Norte del Delfinado [Devaux, FEW, ALF].
DERIV. = derivados.
dial. = dialectal, dialecto.
dic. = diccionario.
dimin. = diminutivo.
1.a doc. = primera documentación.
doc., docs. = documento(s).
dolomít. = dolomítico, dialecto retorrománico de parte del Tirol y del Trentino [Gartner, Lardschneider, Tagliavini, AIS, REW, Ascoli].
domin. = dominicano [Hz. Ureña, Brito, Patín Maceo, raramente Pichardo].
ecuat. = ecuatoriano [Lemos, Cevallos, Tobar, Mateos, Malaret].
Echo = cheso, habla del valle de Echo, en el NO. de Huesca, inmediato al de Ansó [Casacuberta, Rohlfs, Kuhn, Elcock].
ed., eds. = edición, ediciones.
ej., ejs. = ejemplo(s).
emil. = emiliano, dialectos italianos de la región de Bolonia [AIS].
engad. = engadino, dialecto retorrománico de Engadina [Pallioppi; Bezzola; Dicziunari; AIS].
escand. = escandinavo
escand. ant. = escandinavo rúnico, éddico y medieval [Cleasby-V., Falk-Torp, etc.].
esl. = eslavo [Berneker, etc.].
eslov. = esloveno.
esp. = especialmente; raramente lo empleo como equivalente de español.
estr. = estremenho, dialecto de la Estremadura portuguesa (región de Lisboa) [Fig.; RL V 137-47, XIX 292-333, XXVIII 87-244, XXXVI 73-167; Leite de V., Opúsc., II].
extrem. = extremeño (Extremadura española) [Cabrera, Espinosa, Gabriel y Galán, Acad.; raramente Santos Coco].
f. = femenino, sustantivo femenino.
F. [F. Juzgo, etc.] = Fuero.
famil. = familiar.
fem. = femenino.
Fg. = Festgabe.
fig. = figuradamente.
filip. = filipino, habla castellana de las Filipinas [Retana, Acad.].
flam. = flamenco, dialecto neerlandés de Bélgica.
flor. = florentino.
fº = folio.
fr. = francés.
fránc. = fráncico, lengua germánica de los francos.
fris. = frisón.
friul. = friulano, dialecto retorrománico del Friul [Pirona; AIS; Ascoli].
frprov. = francoprovenzal, dialecto francés de Suiza, Aosta, Saboya, y deptos. Ain, Loire, Rhône e Isère [GPSR, BGPSR, Bridel, Pierrehumbert, Duraffour, Gardette, Ascoli, Devaux, Constantin, Cerlogne, Puitspelu, Ravanat, ALF, FEW, etc.].
Fs. = Festschrift.
fut. = futuro.
gadit. = gaditano [Giese, Acad., A. Venceslada, Toro G.].
gaél. = gaélico, lengua céltica de Escocia [Mac Bain, MacAlpine], Man e Irlanda, en particular la primera.
galés = lengua céltica del País de Gales [O- Pugne, Loth, Parry-Williams].
galur. = galurés, dialecto del extremo Norte de Cerdeña [AIS].
gall. = gallego [Vall., Carré, Schneider, Cuveiro, Ibáñez, Couceiro, Pz. Ballesteros, Lang, Nobiling,, Az. Giménez, Cotarelo, Leite de V., G. de Diego, Fz. Morales, Parker Crón. Troyana, Cuad. de Est. Gall.].
gall-part. = gallego-portugués.
gasc. = gascón [Mistral, Coraminas, Rohlfs, Palay, Luchaire, Cénac, Millardet, Durrieux, Cordier, Meillon, ALF, FEW, Bouts, etc.].
genit. = genitivo.
genov. = genovés [Casaccia, Rossi, Jal, Vidos, Diz. di Marina, AIS].
ger. = gerundio.
germ. = germánico.
Gistáin = valle arag. al O. de Venasque [Casacuberta].
git. = gitano, dialecto índico hablado por los gitanos [Mayo, Jiménez, Dávila, Tineo R., Miklosich, Clavería, M. L. Wagner, Borrow].
glos. = glosario.
gnía. = germanía, jerga de la gente del hampa de lengua castellana, especialmente la usual hasta el siglo XVII inclusive (después se llama más bien caló, por lo menos en sus elementos nuevos y sobre todo los de origen gitano) [Hill, Salillas, Hidalgo, Oudin, Aut., Acad., Píc. Justina, Cervantes, Quevedo, G. de Alf.; para el caló, además Besses, M. L. Wagner, Clavería; para sus congéneres americanos, R. Amor, M. L. Wagner, Vicuña C., Villamayor, Dellepiane].
gót. = gótico.
gr. = griego, especialmente el de la Antigüedad
gr. biz. o b. gr. = bizantino, griego medieval;
gr. mod. o ngr. = neogriego, griego moderno.
granad. = granadino [A. Castro, A. Venceslada, Eguílaz, Simonet, Acad.].
greco-lat. = greco-latino.
guar. = guaraní [Ruiz de Montoya, Morínigo, Friederici].
Guara, S.a de, inmediata al N. de la ciudad de Huesca [Kuhn, Elcock].
guat. = guatemalteco [Batres].
guip. = guipuzcoano, dialecto vasco [Azkue, López Mendizábal, Navarro Tomás, Van Eys, Manterola].
h. =hacia.
hebr.= hebreo.
hisp.-am. = hispanoamericano [Malaret, Cuervo, etc.].
hispanoár. = hispanoárabe, árabe vulgar de la Península Ibérica [Leyden, R. Martí, PAlc., Simonet, Dozy, Steiger, Asín].
hit. = hitita.
hol. = holandés.
hond. = hondureño [Menbreño].
H.-Pyr. = Hautes-Pyrénées, departamento francés [Rohlfs, Meillon, Cordier, Marsan, Camélat, Schmitt, Bouts, FEW, ALF].
húng. = húngaro.
ibér. = ibérico.
ibic. = ibicenco balear V. cat. [BDC I 26-36 y XXIV].
i. e. = id est, esto es.
i-e. o indoeur. = indoeuropeo [Fick, Walde-P., Pokorny, Buck, Walde-H., Meillet, Brugmann, etc.]
Iesi, V. marchig.
ieur. = indoeuropeo.
imp. = imperativo.
impf. = imperfecto.
ind. =indicativo.
inf. = infinitivo.
ingl. = inglés.
interj. = interjección.
intr. = verbo intransitivo.
invent. = inventario.
irl. = irlandés [Windisch, Stokes, Stokes-B., O'Reily, Thurneysen, Pedersen, Vendryes].
isl. = islandés [Cleasby-V., Falk-Torp].
istr. = dialecto de Istria.
it. = italiano.
judeofr. o judfr. = judeofrancés [Blondheim, God., FEW].
judesp. = judeoespañol [M. L. Wagner, Chérezli, Foulché-Delbosc, Subak, Yahuda Crews, Luria, Blondheim, Baruch, Gaspar Remiro, Benoliel, Bénichou].
lab. o labort. = labortano, dialecto hablado en la zona costeña del País Vasco francés (Hendaya, Guetaria, San Juan de Luz) [Lhande, Azkue, Fabre].
land. = landés, dialecto gascón del departamento de Landes [Millardet, Métivier, ALF, FEW].
langued. = languedociano, dialecto occitano del Languedoc [Sauvages, Doujat-Visner, Gary, Couzinié, Mâzuc, Pastre, Sabarthès, Alibert, Mistral, Azaïs, FEW, ALF].
lat. = latino.
lat. cl. = latino clásico.
lat. vg. = latino vulgar.
Lavedan = dialecto de esta comarca gascona de H.-Pyr.(Cauterets, Gavarnie, Azun) [Cordier, Meillon, Rohlfs, Bouts].
l. c. = lugar citado.
lemos. = lemosín, dialecto ocitano (Haute-Vienne, Creuse, Corrèze) [Béronie, Laborde, Mistral, ALF, FEW].
leon. = leonés, conjunto dialectal que, además de León, abarca las provs. de Oviedo, Zamora, Salamanca y el Occidente de Santander y de Cáceres, y que se extendió algo más en la Edad Media [M. P., A. Garrote, Alex., Puyol RH XV 1-8, C. Espina, Casado, Guzmán Álvarez, Krüger, Otas, Píc. Justina, Castro-Onís; para las demás provincias leonesas, V. en las abreviaturas correspondientes].
let. = letón.
Limia = dialecto gallego de esta cuenca (SO. de Orense) [Schneider].
lín. = línea.
lion. = lionés.
lit. = lituano [Bender].
lit. o liter. = literario.
Litera, comarca del SE. de Huesca dividida entre el cat. [ALC, etc.] y el arag. [Coll A.].
loc. = locución.
logud. o log. = logudorés, dialecto del Centro y Norte de Cerdeña (salvo el extremo Norte) [Spano; M. L. Wagner; M-L., Altlogud.; AIS].
lomb. = lombardo, conjunto de hablas italianas de Lombardía y Suiza italiana [Cherubini, Monti, Lorck, Planta-Schorta, Bosshard, AIS, REW, etc.].
longob. = longobardo, dialecto del alto alemán hablado en la Italia medieval.
loren. = lorenés, dialecto francés [Bloch, Horning, Zéliqzon, ALF, FEW].
m. = masculino, sustantivo masculino.
mac.-rum. o macedorrum. = dialecto rumano de Mecedonia [Pascu, Puşcariu, Weygand].
madr. = madrileño (vulgar) [Pastor Molina, etc.].
maestr. = dialecto del Maestrazgo valenciano V. cat. [G. Girona; C. Salvador, Misc. Fabra 243-63; ALC].
magr. = árabe magrebí, dialectos de esta lengua hablados en Malta y desde Libia Hasta Marruecos y España.
malag. = malagueño [Medina Conde, Toro G., A. Venceslada, Acad., Estébanez Calderón].
malt. = maltés (dial. árabe) [Busutil, Bonelli].
mall. = mallorquín balear V. cat. [Amengual, Figuera, Alcover, I. d'Or, R. Martí, ALC, Ag., Forteza, BDLC].
manch. = manchego [Navarro Tomás, Zamora V., Acad.].
mar. = marítimo.
marchig. = marchigiano, hablas de las Marcas de Ancona [Servigliano, ARom. XIII, 220-71; Iesi, ARom. IV 210-34; etc.].
marroq. = marroquí [Lerchundi, Tedjini, Marçais, Brunot, Simonet, Dozy, etc.].
marsell. = marsellés, habla occitana [Mistral; FEW].
med. = medio (junto con una abreviatura de lengua).
med. = mediados del (junto con una abreviatura de siglo).
mej. o mejic. = mejicano [R. Duarte, G. Icazbalceta, Invest. Ling., Vocab. Agr. Nac., R. Amor, Malaret, Hz. Ureña, Friederici, etc.].
Mél. = Mélanges.
menorq. = menorquín balear V. cat. [Moll, Benejam, Ruiz i Pablo I. d'Or, ALC].
merid. = meridional.
mil. o milan. = milanés [Cherubini, Salvioni].
miñ. o minh. = miñoto, habla portuguesa de Entre-Douro-e-Minho [Leite de V., Opúsc. II; RL XI 181-209; XIV 145-168, XIX 163-216, XXI 239-56, XXII 19-34, XXV 180-204, XXVI 280-97, XXX 187-98, XXXI, 292-300; Krüger, Boletim de Filol. IV 109-182; Fig.; etc.].
mirand. = mirandas, habla leonesa de Miranda de Duero (Portugal) [Leite de V.].
Misc. = Miscelánea (Miscellanea, Miscel·lània).
mod. = moderno.
monferr. = dialecto italiano del Monferrato [Ferraro; AIS].
montañ. = montañés, dialecto de la prov. de Santander [G. Lomas 1.ª y 2.a ed.; Huidobro, Mugica, Alcalde del Río, Vergara, Pereda, etc.].
mozár. = mozárabe [Simonet, Dozy, Leyden, R. Martí, PAlc, Asín, M. P., toponimia].
ms., mss. = manuscrito(s).
murc. = murciano [G. Soriano; Lemus; Ramírez Xarriá; Sevilla; BDC XVII, 51-56; poesías de Medina].
n. = neutro, nota.
náh. = náhuatl, lengua de los aztecas [Molina, Robelo, Friederici, BDHA IV].
napol. o nap. = napolitano [Filopatridi, d'Ambra, Zaccaria, AIS].
nav. = navarro, hablas aragonesas de Navarra [Casacuberta, A. Alonso, Induráin, F. de Navarra, Liber Regum, Acad., García de Eugui; el valioso libro de Iribarren llegó tarde].
neerl. = neerlandés [De Bo, Cornelissen, Franck, Franck-Van Wijk, Grootaers, Verwijs, De Vries].
neogr. o ngr. = neogriego [Somavera, Vlachos, Hepites, G. Meyer, Pernod, Hesseling, Rohlfs EWUG].
nicar. = nicaragüense [Fletes, Malaret].
nmej. o nuevomej. = dialecto castellano de Nuevo Méjico (Estados Unidos) [BDHA I, II, IV, Kercheville].
nor. = noruego [Falk-Torp, etc.].
norm. = normando, dialecto francés.
norteamer. = norteamericano.
o. c. = obra citada.
oc. = lengua de Oc, occitano (sólo empleo provenzal con referencia a las hablas occitanas de la izquierda del Ródano, reservando oc. para el conjunto de los dialectos antiguos y modernos del Sur de Francia) [Raynouard, Levy, Pansier, Brunel, Ronjat, Mistral, ALF, FEW; y V. los dialectos]
occid. = occidental.
Orden. = Ordenanzas.
Ordin. = Ordinaciones.
orient. u or. = oriental.
p. o pág. = página.
pal. = palentino [Acad.].
paleosl. = paleoeslavo.
pall., pallar., pallarés cat. occidental V. cat. [Corominas, Violant, ALC, Griera].
panam. = panameño [Malaret].
papiam. = papiamento, dialecto castellano, habla criolla de Curazao [Hoyer, Lenz].
parag. = paraguayo [Morínigo, Malaret].
part. = participio.
p. ej. = por ejemplo.
per. = peruano [Arona, Riofrío, Palma, Benvenutto M., Ugarie, E. D. Tovar, Malaret, Acad.].
perig. = perigordino, habla occitana [Guillaumie, Daniel, ALF, FEW].
pers. = persona.
persa [Steingass, Hora, Vullers, Wollaston].
pf. = perfecto.
piam. = piamontés [Sant'Albino, Levi, AIS].
pic. = picardo.
piren. = pirenaico.
p. j. = partido judicial de.
pl. o plur. = plural.
pol. = polaco [Brückner].
pop. = popular.
port. = portugués [Bluteau, Moraes, Fig., Vieira. H. Michaëlis, Lima-B., Nascentes, Cortesão, Leite de V., C. Michaëlis, RL, Dalgado, Nunes, Viterbo, Cornu, etc.].
portorr. = portorriqueño [Malaret, Navarro Tomás].
pp. = páginas.
p. p. = publicado por.
prerrom. = prerromano.
pres. = presente.
pret. = pretérito.
1.a doc. = primera documentación.
princ. = principios del.
pron. = pronombre.
prov. = provincia de o provenzal [comp. oc.; Mistral, Honnorat, Avril, Arnaud-Morin, Chabrand, Pansier, ALF, FEW].
publ. = publicado.
Quercy = depto. Lot [Lescale, ALF, FEW].
quich = quichua [D. de Sto. Tomás, Gonz. de Holguín, Mossi, Lenz, Lira, Lizondo, Friederici, Franciscanos, Abregú].
refl. = reflexivo.
retorrom. = retorrománico [Dicziunari Rumantsch, Planta-Schorta, Pallioppi; Vieli, Bezzola, Martin Lutta, AIS, Ascoli; además V. engad., friul., dolom. y demás dialectos].
ribag. = ribagorzano (zona pirenaica catalana de Huesca) cat. occidental V. cat. [Navarro, Oliva, ALC, Griera].
rioj. = riojano [Acad., Govantes, Berceo, Lanchetas].
rioplat. = rioplatense.
r° = recto.
rom. = románico.
ronc. = roncalés, dialecto vasco del valle de Roncal (Navarra, junto al límite de Huesca) [Azkue].
rosell., rosellonés (depto. de Pyrénées Orientales) V. cat. [Grandó, Fouché, Griera, ALF, ALC, AILC III, Alart, Pere Vidal, J. S. Pons, Saisset, etc.].
rouerg. = rouergat, habla oc. del Rouergue ( = depto. Aveyron) [Vayssier, Peyrot, Schüle, ALF, FEW].
rs. = ruso [Preobrazhenski, etc.].
rum. = rumano [Tiktin, Sainéan, Dame, Puşcariu, Cihac, ALRom., Gaster].
S. = siglo.
saboy. = saboyano [Constantin-D., ALF, FEW].
salm. = salmantino [Lamano, Gata Galache, Correas, J. del Encina, Lucas Fernández, Llorente Maldonado, Araujo, Espinosa, Acad.; comp. cesped.].
salv. = salvadoreño [Salazar].
sanabr. = sanabrés (NO. de Zamora) [Krüger (varias obras), A. Castro].
santand. = santanderino, dialecto de la provincia de Santander; V. montañ.
scr. o sánscr. = sánscrito.
segorb. = habla arag. de Segorbe, en el SO. de Castellón de la Plana [Torres Fornés; Mundina Milallave; R. Huguet en el tomo de Castellón de la Geogr. Gral. del R. de Valencia de Carreras Candi, pp. 168-180].
segov. = segoviano [Vergara, Acad.].
sept. o septentr. = septentrional.
Servigliano, V. marchig.
serviocr., V. svcr.
sevill. = sevillano [Rodr. Marín, F. Caballero, Acad., Toro G., A. Venceslada].
sic. o sicil. = siciliano [Traína, Mortillaro, de Gregorio, Rohlfs, AIS, Coray, de Gregorio-Seybold, Roccella, Salvioni, de Cruyllis-Spatafora (ZRPh. 1905); Aleppo-Calvaruso].
sing. o sg. = singular.
Sitzungsber. o Sitzber. = Sitzungsberichte (Actas de una Academia).
sobreselv. = sobreselvano, dialecto retorrománico del Rin anterior (Grisones, Suiza) [Vieli, Huonder, Carisch, Carigiet, AIS, Ascoli, Dicz. Rum. Grisch., Planta-Schorta].
sor. = soriano [Acad., G. de Diego].
ss. = siguientes.
SS. = siglos.
su. = suizo.
subj. = subjuntivo.
subselv. = subselvano, dialecto retorrománico del Rin posterior (Grisones) [Ascoli, Martin Lutta, Planta-Schorta, Dicz. Rum. Grisch., AIS].
sudamer. = sudamericano [Alcedo, Malaret].
sueco [Hellquist, etc.].
su. fr. = suizo-francés [GPSR, BGPSR, Pierre-humbert, Bridel, Wissler, ALF, FEW].
sul. o sulet. = suletíno, dialecto hablado en la zona oriental del País Vasco francés (Tardets, Mauleón, Sainte-Engrace) [Larrasquet, Azkue, Lhande].
sust. = sustantivo.
s. v. = sub verbo (en el articulo...)
svcr. = serviocroato, idioma principal de Yugoslavia.
Tena = valle aragonés al NE de Jaca [Kubu, Rohlfs, Elcock, Alvar].
La Teste = dialecto gascón de la Teste de Buch (Gironda) [Moureau].
tirol. = tirolés (dialecto alemán), raramente empleado con el valor de dolom.
tit. =título.
toled. = toledano [Acad., Gonz. Palencia, M. P. D. L.].
tort., tortosino cat. occidental V. cat. [BDC III, Moreira, Costumbres de Tortosa].
tosc. = toscano [Fanfani, AIS, Petrocchi].
tr. = verbo transitivo.
trad. = traducido (por).
trasm. = trasmontano, dialecto portugués de Tras os Montes [Fig., RL I 158-66, 195-222, 310-11, II 97-120, 255-60, III 325-9, V 22-51, 38-114, IX 229-58, X 122-60, 191-237, XI 268-310, XII 93-132, 317-22, XIII 95-109, 110-126, XV 333-50].
ucr. = ucraíno.
urug. = uruguayo [Granada; F. Silva Valdés en La Prensa de B. A.; Malaret].
v. = verbo, verso.
V. = véase.
val., valenciano V. cat. [Escrig, Martí Gadea, Lamarca, Giner i March, Sanchis Guarner, Ros, Sanelo, J. Roig, etc.].
vallad. = usual en Valladolid [Acad.].
var. = variante.
vco. = vasco [Azkue, Lhande, Van Eys, Aizkíbel, Manterola, Fabre, Lz. Mendizábal, Schuchardt, RIEV, etc., y comp. los dialectos].
vegl. = veglioto, dialecto romance (dalmático) de la Isla adriática de Veglia [Bartoli].
venasq. = venasqués, habla pirenaica aragonesa de transición al cat. [Ferraz, ALC, Griera].
venec. = veneciano [Boerio, Jal, Mussafia, AIS].
venez. = venezolano [Alvarado, Picón, Calcaño, Seijas, Malaret].
veron. = veronés.
vg. = vulgar.
v. gr. = verbigracia.
vid. = véase.
Vio = valle arag. pirenaico entre Bielsa y Broto [VKR X 213-46].
vizc. = vizcaíno.
v° = verso (opuesto a recto).
vocab. = vocabulario.
vulg. = vulgar.
vv. = versos.
Wb. = Wörterbuch (diccionario).
Z. = Zeitschrift.
zam. = zamorano [Fernández Duro, Krüger, A. Castro].